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Vísperas de nada

La realidad ya es, toda ella, un reality, y no me refiero al programa de García Ferreras Al rojo vivo, cuya altísima concentración de majaderos parece que tiene como finalidad desquiciar el debate (?) y los arrebatos y provocar la erección del share. Se empieza admitiendo que hay una confrontación entre Hillary Clinton y Donald Trump y se acaba creyendo que la Tierra es plana. Clinton es la intérprete de los intereses de Wall Street, Goldman Sachs, el lobby judío, el complejo militar-industrial y la familia Saud. Trump, también. Es, para entendernos, como si Alfonso Rus, en el papel de Trump, que le cae pintiparado, le disputase la presidencia a Francisco Camps, que tiene título universitario y las piernas mucho más finas, no hay color, en el papel de Hillary.

Uno escucha la transcripción de las conversaciones privadas de los conservadores británicos y tiene la sensación de que se apuntaron al brexit porque, al momento, no se les ocurrió nada mejor, un poco al modo de los estudios de Hollywood, donde no se hacen las mejores películas, ni las peores, sino aquellas que van dando tumbos de una oficina a la otra y, al final, no hay más remedio que hacerlas. Y eso ocurre en la madre de todas las democracias, calculen lo que puede pasar en nuestra periferia. Da la sensación de que el brexit era como la temporada fallera, cuando todo el mundo teme no expresar suficiente amor por la fiesta, la Senyera, el tró de bac y la Ofrenda.

La política británica tiene fama de retorcida y tocapelotas, pero no de oligofrénica: tratar con un inglés es un buen ejercicio para templar la paciencia y evitar divisiones. Mejor no le encarguen la tarea al señor presidente de la CE, Jean Claude Juncker: estará en el bar dándole al ansiolítico en botella, como los habitantes de los desiertos industriales de EE UU, que le dan, de nuevo y de modo muy intenso, a la heroína y a los opiáceos de farmacia, más caros (lo contaba La Vanguardia), lo que explica su amor por Trump: van ciegos. Decir que el nuevo gobierno de Mariano Rajoy es continuista, es un pleonasmo: cuando Rajoy despertó, seguía ahí.

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