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"Anda jaleo, jaleo"

El lunes descubrimos en su casa natalicia del carrer de Baix, la lápida dedicada al abogado „laboralista es un adjetivo reductivo„ Alberto García Esteve, defensor de toda suerte de desamparados, siempre los habrá, y de sobra, según el dictamen de un tal Jesús de Nazaret. La lápida sigue allí, lapidaria, no lo puede evitar: un poco fría y mortuoria tras la retirada de la cortinilla que ya no se mueve sobre un riel, sino que se sujeta con velcro: el cambio tecnológico. Todos éramos mayores y rojos. Entonamos cánticos, incluido el Anda jaleo, jaleo, un poema popular y sin embargo torvo, como una puerta entornada hacia la tragedia en sombra.

Como recordó su hija Judit García, Alberto era de la quinta del 19 (como mi madre): demasiado joven para la guerra, viejo para cuando llegó la libertad. Seguramente querer construir el paraíso en la Tierra era como buscar oxígeno en la fosa de las Marianas. La política, que es como un balón encestado del básquet „siempre sujeto, siempre en caída„ se agarra a una red pegajosa trenzada con compromisos que se llevan muy mal con los impulsos más puros, más limpios. O no. El hijo del abogado, que es escritor, Albert García, ya vio la lápida de su padre cubierta de musgos que bostezan y al héroe caído como un bebé («parece que duerme», decía del Garibaldi muerto la reina de Italia) y rodeado de las espesas y letales radiaciones de la traición. De esos bebés depende toda vida futura.

Éramos todos viejos y rojos. Pero ocurre que a menudo veo viejos en las presentaciones de libros, en los coloquios y debates, en los salones de los buenos restaurantes y en mil sitios más. Han separado a la gente por su telefonía, por su canal de televisión, por segmentos de edad e inclinaciones sexuales y aficiones, por manías y, sobre todo, por rentas: la juventud, enfermedad pasajera, convertida en anhelo de permanencia. Operaciones absurdas que tienen al mundo encerrado en un falso dilema: derecha o fascismo. Pero la guerra y la fiesta son celebraciones multitudinarias, para todos, y siempre habrá combate o jolgorio. Anda jaleo, jaleo.

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