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Enganchado a Bob

De Dylan también y más ahora, con su ninguneo juguetón a la Academia Sueca. Pero me refiero a Bob Esponja, ese personaje que vive en una piña debajo del mar. Si alguien no ha visto nunca un episodio es porque no tiene niños alrededor con el mando a distancia a mano. Si es el caso, le recomiendo dejarse llevar y darle una oportunidad. Yo también llegué tarde y soy fan, por mucho que su momento álgido de popularidad haya pasado. Ya saben que en el seguimiento de la tele infantil vamos siempre a rebufo de los gustos y edades de los pequeños. Mi afición arrancó en verano, empujada por dos niñas que navegan entre las princesas Disney y las series donde las herederas de Miley Cirus promocionan la adolescencia precoz. Con ellas al mando de la tele, en pocos días, era yo el principal interesado en que Bob Esponja apareciera en el zapeo. La ironía de Calamardo y compañía me hacen a mí más gracia que a los niños, probablemente por motivos diferentes y por la certera habilidad de tantas producciones infantiles de propiciar una doble lectura para distraer también a los padres. Como habrán adivinado algunos, mi entusiasmo fue razón suficiente para que las niñas prefirieran ver otra cosa: si le gusta a los mayores no puede ser tan bueno.

Mi añoranza de Bob Esponja se ha visto acrecentada tras el verano, al pasar el liderazgo hogareño de caprichos televisivos a un niño de dos años y medio. Él en realidad es más de YouTube y casi prefiere buscar a la carta en la tableta o el móvil antes que pasar canales en el electrodoméstico del salón. No hay manera de que se aficione a lo que yo le sugiero, así que ahora Peppa Pig es su dibujo animado favorito. Me resistí pero he acabado por encontrarle el punto, como televidente facilón que soy, pero no es lo mismo. Aunque si comparamos con los vídeos de internet en que unas manos abren juguetes, tiran bolas por un tobogán o visten muñecas, les aseguro que la serie de la cerdita me gusta más que «Los Soprano». Esos éxitos de YouTube con millones de visitas tienen algo inexplicablemente atractivo para los pequeños, como lo tenían los «Teletubbies», revolucionarios en su momento. Ya se me está haciendo larga la espera hasta que mi hijo se interese por «Bola de drac», por ejemplo.

Imagino la zozobra vital de los programadores de los canales infantiles, sometidos a críticos tan implacables e inflexibles en sus filias y fobias. En casa la afición a «Pocoyó» duró dos días y me temo que el próximo éxito va a ser «La patrulla canina», una serie dulce y blanca donde no cabe una segunda lectura divertida para cuarentones. Menos mal que «Los Simpson» son eternos.

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