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Periodismo de tuits

Cuando empecé en el oficio de periodista, allá por los setenta, existía una cosa llamada «comunicados» que las organizaciones emitían y enviaban a los medios. Estaban escritos a máquina sobre papel, con copia carbón, fotocopia o, en ocasiones, ciclostilados. Los comunicados constituían una parte del material que usábamos para confeccionar el periódico, junto a las ruedas de prensa, las conversaciones telefónicas o físicas con las fuentes informativas, la observación directa de la realidad y la investigación documental. Las tres últimas han sido siempre las que han proporcionado las verdaderas noticias, pero los comunicados eran de utilidad para fijar la posición de unos y otros ante situaciones conflictivas. En ausencia de certeza sobre los hechos, los comunicados de las partes permitían al menos el insatisfactorio «periodismo de versiones» que se resumía en el titular «Fulano i Mengano se contradicen sobre lo ocurrido en.». Pobre, pero efectivo.

Lo que no se nos ocurría, salvo excepciones muy justificadas, era reproducir sistemáticamente la imagen del comunicado, cual si de una foto se tratara. Ni siquiera solíamos citar la integridad de su contenido, sino tan solo las frases más significativas. Trascribirlo entero hubiera sido, las mas de las veces, como transcribir la totalidad de un discurso: un palo para el lector. En cambio, hoy vemos que las ediciones digitales de respetadas cabeceras construyen informaciones completas por el sistema de insertar en el texto la integridad de un cierto número de tuits, con su foto, su cabecera, las flechitas y el corazoncito al pie i el botón para convertirse en seguidor del remitente. ¿A qué viene eso? ¿No es más rápido para el lector leer una frase del tipo «Fulano ha respondido que.»? ¿Hay que mostrar físicamente el mensaje? ¿Acaso tememos que los lectores no se lo crean si no lo ven? ¿Tan baja está la autoestima del oficio?

Pegar comunicados era la manera fácil de rellenar páginas, y ahora lo es encadenar tuits. Si los periódicos se convierten en simpes selectores y ordenadores de lo que pescan en las redes sociales, su relevancia va a tender a cero. Para saber lo que tuitea Donald Trump basta con sumarse a sus millones de seguidores. El periódico debe averiguar cuándo esos tuits son sólidos, tramposos o directamente mentirosos.

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