Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El temor a no contarlo bien

Con indecoroso retraso e igual deleite he visto «Las viudas de Pepe Rubianes», realizado por Huerga. A la recapitulación de episodios protagonizados por el cómico galaico/catalán asisten un par de las que compartieron techo con él y otros que, sin llegar a tanto, se consideran viudas como Serrat y el Tricicle Joan Gràcia, entre otros. Viéndolo actuar en las entrevistas, convertidas con su presencia en género de fabulación, cualquiera diría que todo le importaba una higa, salvo vivir lo mejor posible. Sin embargo la primera de sus parejas, que no dejó de estar cuando la cosa se puso malita, confesó que el tramo final de su existencia, aquél en el que los ultras se plantaron frente al teatro para impedir que representara a Lorca, lo pasó mal: «Hubo un momento en que tuvo que dejar de escuchar a Losantos porque le hacía daño». De poco le valió refrendar que la España a la que señaló es a la que se cargó al poeta porque lo único que consiguió fue que los dóberman de pura raza se le lanzaran directamente a la yugular.

Este oficio de contar lo que ocurre es un arma que se las trae, potente y sensible para quien la tiene entre manos. No hace falta incidir en que, como en cualquier otro, hay quienes lo ejercen de modo deshonesto. Por mucho estropicio que causen a la crediblidad, que la causan, han dejado de quitarme tiempo porque es perderlo. Los que sí me preocupan son los vocacionales, esos periodistas honestos, que los hay, y los que andan incorporándose porque hoy se hallan rodeados. Las condiciones en las que se destripan asuntos de enjundia son morrocotudas. Se escribe para ¡ya! y se suelta en un saco común al que van a parar registros „también llamados exabruptos„ de plebe sin filtro y ociosa del copón. Al mismo tiempo, las empresas prescinden de la gente con mayor perspectiva. Por eso da miedo que haya quienes diseccionen lo que ocurre y no reflexionen ni se tienten la ropa ante la posibilidad de haberlo hecho sin el recomendable rigor antes de trasladarlo. Y ahí sí que nasti, que nos muerden y con razón.

Compartir el artículo

stats