Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Javier Cuervo

La victoria, siempre

El siglo XX „que era corto„ se alarga ahora hasta 2016 porque habíamos olvidado a Fidel Castro, que falleció después de 10 años de jubilarse y de no haberse muerto en ninguno de los atentados que se prepararon en su honor. El líder cubano es todo lo que dicen todos, esa suma, ahora que somos prácticos y sabemos que la libertad en Miami empieza abriendo una tienda y el que no pueda pagarse el médico que se muera y en La Habana acaba cuando uno se declara públicamente en contra del régimen. Los modelos sociales crean esas incompatibilidades.

Hace 25 años, cuando la revolución ya era chatarra y charlatanería, una escolar cubana, limpia y alimentada con la dieta del período especial tuvo la suerte de que sus padres pudieran comprarle una muñeca mulata y tuerta, único juguete del bazar de Cienfuegos a un mes de la navidad. Libertad y mercancías: Cuba, mal; China, bien. En esa Cuba de las paradojas florecían las contradicciones en los empresarios españoles, felados felices, fascinados por el joder Caribe, aquella otra libertad cuando la revolución iba a dormir, la noche caía en el malecón y las jineteras sacaban a la venta su mercancía mulata, disponible en hoteles oficiales.

Todos los sicópatas hacen de su entorno una isla y Fidel Castro lo hizo en la de Cuba a escala 1:1. Fue un Goliat dentro de la isla (para los presos y los exiliados), un David fuera de ella (para sus vecinos y Estados Unidos sabe por qué), un Moisés para una izquierda (que da puñetazos en Madrid a los cubanos residentes en España) y, al final, un Matusalén para todos (que vio pasar el cadáver de todos los enemigos, rivales, opositores, discrepantes y objetores de su generación). Su hermano Raúl pudo gritarle «Hasta la victoria, siempre» (imagine cuánto entusiasmo en sus 85 años de vida y casi 60 de machito) porque murió invicto sobre la derrota de su revolución.

Compartir el artículo

stats