Recuerdan ustedes cuando nadie daba un duro por la selección española de fútbol? Tenía una merecida fama de ser un equipo mediocre en los torneos internacionales hasta que llegaron José Antonio Camacho y Vicente del Bosque. El primero la llevó en 2002 hasta unos impensables cuartos de final del campeonato del mundo, fase a la que no había conseguido llegar desde 1950. El segundo hizo que se proclamara campeona en 2010. Sin embargo, buenos jugadores en la selección los había habido siempre. Vistos uno por uno, incluso los había habido mejores en las épocas en que la selección no levantaba cabeza. Tuvieron que llegar dos entrenadores con coraje y sentido de la estrategia para que empezaran a ganar, confirmando así lo que ya dijo Napoleón: «No hay mala tropa, sino malos generales».

Y es que «la tropa» no es un conjunto aleatorio de individuos, no es una mera agregación de soldados, es un equipo, un ente unitario que piensa y actúa a la vez, y que debe hacerlo en una dirección y bajo unas directrices claras. De ahí que a nadie en su sano juicio se le ocurra culpar del fracaso de una empresa a sus trabajadores. Por muy buena voluntad que tengan, si los trabajadores no actúan coordinados y unidos por una filosofía compartida, si no han sido bien elegidos, si no están bien liderados, si no tienen unas prioridades claras, si no están adecuadamente motivados?, sin todo eso no pueden hacer nada, su esfuerzo se pierde en el vacío.

La frase atribuida a Napoleón debería presidir las salas en las que se reúnen los consejos de administración de empresa de todo el mundo. El mérito del éxito de una empresa siempre es y debe ser compartido, porque es fruto del esfuerzo conjunto del empresario y de su equipo. El fracaso, sin embargo, siempre es culpa del empresario, del mal empresario, y en buena lógica su cabeza debería ser la primera en caer. Así es como se hacía y se hace en el mundo del fútbol, que ahora, hay que recordar, está constituido por sociedades anónimas. Cuando el juego no funciona y las derrotas se acumulan, el entrenador es cesado rápidamente.

En las empresas profesionalizadas también suele hacerse así. Pero en España, la mayor parte de las empresas son familiares (el 88,8% según estadísticas oficiales), y ciertas ideas, que son de pura lógica, cuesta mucho implantarlas.

A Florentino Pérez no se ocurriría calzarse unas botas y ponerse a entrenar. Sabe que su papel es otro, y el principal es dejar que mande en el campo alguien que sepa de fútbol más que él. Pero en este país muchos que se hacen llamar empresarios, pero que nunca han pasado de ser dueños, creen que esa condición les confiere poderes extraordinarios, disfrazan su incompetencia con autoritarismo y se ponen a tomar alegremente decisiones para las que no estan capacitados. Desconfiados y prepotentes, acumulan pérdida tras pérdida y no dudan en echar la culpa a la crisis, a la mala suerte o a la desidia de unos pobres empleados a los que hace remar sin rumbo durante años y que finalmente acaban pagando los platos rotos, aguantando la empresa quebrada con su subsidio de paro, mediante un ERE, para, finalmente, quedarse en la calle. Y después de hacer el destrozo, esos malos generales, esos malos empresarios, se van a casa tan campantes, perfectamente impunes porque desde un punto de vista legal no han hecho nada malo.

¿Es lógico? ¿Es justo? ¿Es razonable? En una sociedad que no cuenta con los mecanismos adecuados para defenderse de algo así, algo está fallando, y las consecuencias pueden ser letales.