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El origen de tomar las uvas en Nochevieja es valenciano

Fue una inteligente estrategia de marketing ideada por la burguesía y terratenientes de las comarcas del alto, medio y bajo Vinalopó, que controlaba grandes extensiones de viñedo, en un año, 1909, en que las ventas de uva de mesa se vino abajo y no había forma de hacerlas circular en el mercado.

La producción vitivinícola fue viento en pompa en la segunda mitad del siglo XIX, gracias a que los viñedos franceses se arruinaron a causa de la plaga de la filoxera, situándose en la parrilla de salida nuestras uvas, que eran exportadas en grandes cantidades a Francia para reforzar sus caldos, actividad que ya ocurría en tiempos de los romanos para dar más graduación y cuerpo a otros caldos dada su calidad.

Recuperados de la epidemia los viñedos franceses, para protegerlos, Francia impuso fuertes restricciones a las importaciones vitivinícolas españolas, entre ellas las valencianas, y la uva se quedó en grandes cantidades en campos y lagares sin salida. Los productores ante el hundimiento de las exportaciones de uva, en el mismo año de la Gran Exposición Regional Valenciana, idearon dar salida a los excedentes de uvas de mesa de la comarca abriendo nuevos mercados, uno de ellos el popularizar comerlas durante las campanadas de la Nochevieja.

Lanzada la idea, los cargamentos más importantes fueron dirigidos hacia Madrid, que en la Puerta del Sol ya era popular festejar el nacimiento del nuevo año. Sirvió la novedad de respuesta satírica del pueblo llano a los grandes fastos que en dicha noche organizaban la aristocracia madrileñas en sus palacios, donde las uvas las tomaban con champagne francés. En la Nochevieja de 1930, Alfonso XIII se mezcló con los madrileños y recibió al nuevo año en la Puerta del Sol tomando las doce uvas a golpe de campanadas en el espacio de tiempo de 36 segundos que duran su toque.

Los promotores comerciales de la singular novedosa idea añadieron a la operación un toque mágico, en consonancia con la afición a lo esotérico que tienen los habitantes de la comarca, a la que llaman el Vale de los Curanderos. En Villena, hay numerosos curanderos y curanderas siempre con sus salas de visitas llenas. Se dice que hay uno por cada 300 habitantes, todos con antecedentes familiares de varias generaciones transmitiéndose poderes, oraciones y fórmulas.

De esta manera surgió la costumbre de que las uvas del Vinalopó reportaban a quien las tomaba misteriosas propiedades en el quebrar de la noche mágica. Según la tradición, quien se come las doce uvas al compás de las campanadas tendrá un año próspero y feliz. Una por campana, prosperidad una por mes. «Para obtener la dicha durante un año entero es preciso comer doce uvas el 31 de diciembre», defendían.

Hoy las uvas de mesa del Vinalopó están presentes en todas las Nocheviejas españolas y en las de otros muchos países, al ser exportada la idea. Suele venderse en esta última semana del año dos millones de kilos de estas bayas embolsadas, ricas en antioxidantes, fósforo, potasio, hierro y vitaminas.

Junto a ello, en lo mistérico de la noche, otros incorporan costumbres foráneas, por si acaso: tomar lentejas para conseguir abundancia, meter billetes en los zapatos para lograr fortuna, pasear con maletas para viajar en el próximo año, cascar huevos en un vaso con agua e interpretar al día siguiente su forma, quemar muñecos o usar lencería de color rojo o amarillo durante la celebración.

Hagan lo que hagan esta noche, a todos, Feliz Año Nuevo, feliç Nit de Cap d´Any. Que 2017 sea un poquitín mejor que el ya finado.

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