03 de enero de 2017
03.01.2017

Definición de populismo

03.01.2017 | 04:15
Definición de populismo

Juan de Solórzano Pereira fue un jurista madrileño del siglo XVII laborioso, perseverante e inquieto. Compiló todas las leyes de Indias, lo que no es poco. Entre otras cosas imitó al gran Saavedra Fajardo y publicó cien emblemas filosófico-políticos para presentar su idea del gobierno de la monarquía. Como en tantos otros libros de la época, una imagen característica de la acción del gobierno es comentada con unos pocos versos latinos bastante rústicos. No hay demasiada doctrina en este libro. Por lo demás, la ley de las viejas empresas ya no rige. Aquí la figura humana aparece entera por doquier. En fin, el libro es una manifestación propia de la cultura decadente de la segunda mitad del siglo XVII, de ese barroco ya desangelado y tosco que apenas tiene que explicar las cosas, ya demasiado sabidas; un barroco que apenas busca impresionar mediante la introducción de lejanos y exóticos elementos iconográficos americanos, algo que Pereira conocía bien.

He recordado este libro estos días, al hilo de las imágenes mundiales que procedían de todas las grandes ciudades en las horas previas al fin de año. En realidad, esas imágenes de multitudes que caminan hacia las plazas donde espera la diversión obligatoria de ese instante mágico, me han recordado una empresa descarnada, realista, un poco cínica, pero que muestra de forma muy gráfica el régimen barroco del gobierno de masas. En las televisiones de todo el mundo hemos visto cómo multitudes ingentes pasan los controles policiales, se dejan cachear e inspeccionar su color de piel y de ojos, para al final obtener el premio de campear retozones y alegres en los recintos protegidos. En las periferias, casi remedando un estado de sitio, grandes camiones cargados de arena forman sólidos valladares contra fantasmales peligros y amenazas. Controlando la alegría, los ciudadanos esquivan los pesados bloques de cementos, casi como si dejaran atrás el búnker del frente de batalla, para al momento mutarse en multitud festiva.

Walter Benjamin hablaba de imagen dialéctica cuando una configuración propia del pasado atraviesa el tiempo y se presenta ante el presente como una potencia transformadora o iluminadora, que mejora nuestro conocimiento de nosotros mismos. Esta era la sustancia de lo que llamaba iluminaciones profanas. Algo así he experimentado al evocar una de esas empresas de Solórzano. Se trata del emblema XI, que nos dice que el gobierno de los hombres reclama un dios sabio y prudente. Los zarrapastrosos versos latinos que van al margen de la viñeta de esta empresa se preguntan: «¿Qué rebaño es aquél?» Esa era la pregunta que llegaba a mi mente al ver los millones de seres humanos mezclados con los soldados con armas largas y trajes de campaña, camino de su diversión. ¿Qué rebaño es éste? ¿Qué extraño deber cumple? En esta pregunta se refleja el efecto de shock que debe producir cada una de esas iluminaciones. Pereira, con el desparpajo de un barroco desilusionado, responde con naturalidad: «Sunt homines». Son hombres.

Y así ha dibujado su emblema con un intrépido realismo. En efecto, sobre unos campos fértiles, que dejan atrás un arroyo prometedor, una multitud de seres humanos caminan a cuatro patas, perfectamente ordenados, alineados, gobernados. En el límite, se amontonan las cabezas dando una imagen de multitud infinita. Detrás de ellos, Mercurio, con el símbolo que le diera Apolo, el caduceo, la vara con las serpientes enrolladas, apacienta y modera a semejante rebaño. La vara es recta y las serpientes flexibles. En realidad, el conjunto puede ser también expuesto con la sentencia evangélica que exhorta a ser sencillos como la paloma y astutos como la serpiente. El dios-rey pastor une las tradiciones paganas y las cristianas. Y esa idea del rey pastor, del gobierno pastoral, une el régimen de masas del barroco con el régimen de gobierno de masas contemporáneo.

La Fundación del español urgente ha elegido «populismo» como la palabra del año 2016. Me temo que esta palabra, expresiva y gesticulante, no define por sí misma el régimen de gobierno de masas en el que ya llevamos unos años. Quizás sería mejor la palabra «pastoreo» para identificar hacia dónde vamos. La diferencia mínima es que Pereira encarga al rey pastor divino que cuide de que ese ganado tenga pasto, y ahora sobre todo debe cuidar de que tenga diversión. Ambas cosas son igual de baratas. Esa colina por la que sube la multitud a cuatro patas es rica en brotes y alimento. Esas plazas que pronto se llenan de fuegos artificiales para decorar un gozo respecto del cual no vemos razón alguna, también dejan que el cava y la cerveza corran como fértiles manantiales.

Atrás queda el fusil en la cara del fornido militar, el policía que cachea, las vallas que enfilan y ordenan, los tornos que disciplinan, y con ellos, se diluyen las anónimas fuerzas del mal, más allá del redil, atrás, lejos, en ese limbo ignoto que forma el mundo de lobos solitarios, de hienas y de animales sanguinarios. Hemos entrado en el cercado de los animales pacíficos, cuya única preocupación, como la de todos los seres domésticos, consiste en superar el aburrimiento. Es la nueva finalidad del gobierno pastoral. Nunca se vieron tan mezclados, tan cercanos, tan imbricados el uno en el otro, el estado de excepción y el estado de normalidad, la guerra y la paz, el terror y la diversión. Nunca antes fue tan latente la transformación del champán que corre por los vasos en la sangre que se ensucia por los suelos. El nuevo barroco no deja de tener su condición sacrificial.

Se comprende ahora por qué se celebra tanto ese instante en que los hombres cuentan el tiempo. Quizá es la euforia de seguir vivos, un instante más, un minuto más. La fortuna ha detenido su rueda quizá en Ankara, quizá en Bagdad, en Río, o quizá diez manzanas más allá. Da igual. Siempre habrá alguien que sobreviva y que exhiba su supervivencia con cierta extraña euforia. Y siempre habrá un espectador que observe con frialdad y se resista a llamar a esto normalidad. Pero quizá ya estamos en aquella disposición mental, realista y fría, con la que Pereira ordenó al grafista que pintara su emblema. El barroco no se escandalizó al dibujar a los humanos como borregos paciendo ante el símbolo de las amenazantes serpientes. ¿Estamos de nuevo ahí?

Quizá. Dicen que los estados normales se definen mejor por los momentos exagerados y extremos. Si esto es así, propongo una definición urgente de la palabra del año. Populismo: dícese del gobierno pastoral de masas basado en la diversión. Como tal, este gobierno está más allá de la izquierda y de la derecha. Está incluso más allá de arriba y abajo, de la vida y la muerte, de la pobreza y la riqueza. Diferencia a los seres humanos entre los que se divierten y agitan y los que se aburren. Yo soy de los últimos. Ni aunque detrás estuviera la tierra prometida, con sus ríos de vino y miel, me pondría en marcha si para ello tuviera que ser cacheado por guardias de seguridad y amenazado por armas de guerra. Que esto es lo sustantivo y no los bocazas que jalean a Trump, se demuestra cuando apreciamos que los amigos de la Sociedad del Rifle también van desarmados a estos encuentros pastorales.

Y qué decir de todos esos agentes anónimos del mal, todos esos terroristas del ISIS. Que no son sino perros ayudantes del gobierno pastoral se intuye tan pronto se hace evidente que en el fondo no podrán ganar esa guerra jamás. Por eso no es una guerra, sino un simulacro de guerra. Hagan lo que hagan, no hay nada ni en el cielo ni en la tierra que detenga las ganas de diversión de la humanidad. Deberían darse cuenta de que ellos en esta historia son comparsas. En realidad, no hacen sino alejar el mal absoluto para esta especie animal extraña y necesitada de excitantes: el aburrimiento. Y para alejarlo vale lo mismo la diversión que el terror.

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