04 de enero de 2017
04.01.2017

Wittgenstein o la claridad filosófica

04.01.2017 | 04:15
Wittgenstein o la claridad filosófica

Ludwig Wittgenstein. Analogía y parecidos de familia es un libro fácil de leer porque discurre sin argumentos retorcidos y sin vocabulario abstruso. Es ideal, por tanto, como libro de iniciación al pensamiento del filósofo austríaco más importante del siglo XX. También para cualquiera que se interese por los planteamientos generales de la filosofía. Ahora bien, el esfuerzo por construir argumentos diáfanos tiene a veces un precio; en este caso, un exceso de didactismo que se deja ver en la prolífera repetición de las tesis centrales del libro. Si no fuera por ese objetivo didáctico, habría que tomarlo por tosquedad en la construcción del conjunto: lo repetido aclara pero también puede cansar.

Algunos filósofos cuyas obras están llenas de matices interesantes han llevado paradójicamente una vida sosa y plana. No es el caso de Ludwig Wittgenstein (1889-1951), seguramente porque aunque hubiese querido no habría podido. Participa en la primera guerra mundial, como austríaco, y en la segunda, como británico. Casi al compás de esas dos contiendas despliega sendos modos de filosofar muy contrastados entre sí. Es recibido muy joven en las mejores universidades pero opta por hacerse maestro de escuela o retirarse a vivir en una cabaña o hacerse jardinero en un monasterio, sin dejar de regresar de nuevo a la academia, en el zigzag con que traza su existencia. Se adivina una personalidad excepcional, combativa y auténtica cuando no insatisfecha, siempre genial. Influye sobre el atomismo lógico de Bertrand Russell y de sus planteamientos derivarán no solo el positivismo lógico y el Círculo de Viena, sino la filosofía analítica de la primera y la segunda época, e incluso el influjo sobre algunos postmodernos, pero él mismo rehúye cualquier compromiso de dependencia escolar. Escurridizo para ser clasificado, resultaría inviable comprender la filosofía del siglo XX sin darle un amplio papel.
Quienes le conocían le halagaban en persona su genialidad, él mismo se sentía genial a la vez que profundamente desfondado: temeroso de la vanidad y de la soberbia, más aún de la muerte y de caer en el deseo de suicidio (tres de sus hermanos se suicidaron), no llegó a dejar nítido si tenía fe religiosa o si defendía simplemente una actitud pragmática coincidente con el dar sentido a la vida para, imitando a Kierkegaard y a William James, superar la inquietud que lleva a la ansiedad que lleva a la melancolía que te sume en la depresión.
Cuatro notas pueden servirnos para caracterizar su perfil filosófico: 1) el lenguaje es el núcleo central del filosofar; 2) «la claridad es la perfección»; 3) la fuerte escisión entre lo racional y lo afectivo, entre la ciencia y la religión (interpretada como mística y junto a ella la ética y la estética), entre el saber como decir (definir) y el saber como solo mostrar; y 4) la función esencial de la filosofía es disolver problemas y servir de terapia. 

Estas características afectan tanto a la llamada primera época (Tractatus logico-philosophicus), centrada en el conocimiento del mundo a través del decir del lenguaje, que opera definiendo con valores verdadero/falso: el lenguaje pintura descriptiva del mundo, como la segunda (Investigaciones filosóficas), que insiste en los «juegos del lenguaje», dados socialmente como contextos previos a cualquier conocimiento, donde la vida práctica hunde unas raíces que desbordan el mero conocimiento descriptivo.

Wittgenstein es un filósofo que procede de las matemáticas, y se le nota, como a Descartes, en la pasión por la claridad; de ahí su laconismo (sus dos obras maestras rondan una las cien y la otra las doscientas páginas solamente) y el esfuerzo por ser claro, no sólo en la expresión sino en la comprensión nítida y perfectamente definida de los conceptos con los que trabaja. Es verdad que este propósito resulta más aplicable en su primera época que en la segunda. Como Spinoza en su Ética more geométrico, se atreve a exponer su filosofía del modo más deductivo posible, muy palmario en el Tractatus y menos en las Investigaciones filosóficas. Este libro de Mauricio Beuchot (México, 1950) sobre Wittgenstein tiene la virtud de facilitar las grandes líneas y las tesis centrales de su filosofar, pero en otro sentido  supone una interpretación en la que sus ideas religiosas resultan determinantes del conjunto de su pensamiento y actitud vital. Y se advierte que Beuchot está arrimando el ascua a su sardina. Los lectores que mantienen una fe cristiana verán en el uso que hace sobre el pensamiento analógico (aquel que no puede ser unívoco pero que tampoco quiere degenerar en equívoco) una hermenéutica plausible, pero quienes creen que es muy difícil que la fe religiosa no opere como chantaje de la razón o como encorsetado canalizador de afectos, entenderán que el investigador de la Unam extrae conclusiones excesivas.

Sea  como fuere, recordemos que «De lo que no se puede hablar, mejor es callarse» («Wovon man nicht sprechen kann, darüber mu man schweigen»), pero una vez que admitimos que podemos conocer analógicamente, entonces la ética, la estética y la mística se nos entregan francas y caben, en consecuencia, consideraciones como éstas: «El temor a la muerte es la mejor prueba de una vida equívoca» o «Toda la sabiduría es fría y con ella es tan difícil ordenar la vida como forjar hierro frío».

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