24 de enero de 2017
24.01.2017

Ceremonia Trump

24.01.2017 | 04:15
Ceremonia Trump

Vi la ceremonia del Capitolio con el mismo espíritu que el hijo pequeño de Donald Trump, con ganas de salir corriendo. Como él, estaba un poco aburrido del provincianismo de la compañía. Schopenhauer, que se tomó un sabático antes de entrar en el negocio familiar, se paseó durante un año por toda Europa. Por casualidad, en Londres vio a los reyes. Escribió en su diario de viaje que su majestad británica le había parecido un barbero vestido de domingo. Yo tuve una impresión parecida al ver allí reunida a la élite norteamericana. Tanta celebridad cercana y conocida en agradable cháchara hueca, parecía el balcón de un ayuntamiento esperando una mascletá. Y así los miraba a todos el hijo de Trump, con un gesto de aburrimiento cruzado de mal humor, cuya sinceridad era evidente. Aquella gente le había amargado la tarde. Como a mí.

En realidad, sólo me alegré cuando el productor mostró los grandes huecos del National Mall. Lo demás fue un poco tostón. Aburrido, previsible, pomposamente ridículo, pequeño burgués y provinciano. Que el único latino que había por los alrededores fuera el pastor que leyó el Sermón de la Montaña, el impresionante pasaje evangélico de Mateo, no dejaba de ser un elemento pintoresco entre tanto poder. Por supuesto, el hijo menor de Trump no mostró ni el menor recogimiento y solo cerró los ojos cuando el sacerdote católico leyó esos fragmentos del Libro de la Sabiduría que intentaban recordar al nuevo presidente los ideales gubernativos del rey davídico. Entonces sí, todos humillaron los ojos, atravesados por la piedad. Ahí apreciamos toda la teología que hay detrás de la figura casi regia del presidente americano. Después, no nos pasó desapercibida la mejor escena de toda la ceremonia, cuando el presidente del Tribunal Supremo le tomó juramento al nuevo presidente. Fue conmovedor ver cómo el jurista intentaba darle la mano a la mayor distancia posible. Trump intentaba acercarse, pero el jurista retrocedía más ágil. Si hubiera podido, le habría dado la mano con un palo de selfi. Luego desapareció veloz. Fue el único de los presentes que cumplió el deseo de salir corriendo.

Lo demás fue prescindible. Caras de cartón piedra fueron condenadas a escuchar un discurso con palabras de cartón piedra. Después de todo lo que se habían dicho en campaña, allí estaban, sonriendo como cocodrilos. Ver a Paul Ryan tan feliz en la comitiva fue un ejemplo de versatilidad y discreción política. En realidad, no fue el masoquismo el que les permitió aguantar a pie firme el chorreo que les dirigió Trump, quien les dijo de todo en pocos minutos: que se habían apropiado del poder, que lo usaban para su provecho personal, que Washington prosperaba mientras el resto del país se empobrecía y demás, como si quien hablara fuera un descamisado. Los concernidos aguantaron a pie firme con cierta gratitud: con el nuevo jefe, la comedia de la política y el tinglado de la farsa continuará por un tiempo y ellos mantendrán sus papeles en el espectáculo. Entre todos han conseguido lo único importante, expulsar a Bernie Sanders del terreno de juego.

Para la victoria de Trump resultaban necesarios no solo los votos fieles de los republicanos. Era necesario movilizar a los millones de blancos pobres flotantes, cuyo enfado con las élites de Washington los alejaba de las urnas o los inclinaba a una alternativa radical. El Partido Demócrata los despreció cuando decidió presentar a Hillary Clinton como candidato. Esos no la votarían jamás. Como tampoco votarían a los estirados candidatos del Tea Party ni a los esclerotizados rostros del Partido Republicano. Estaban en el limbo de la indiferencia, donde suelen quedarse los que han perdido las batallas históricas. Trump los movilizó con la promesa de que los vengaría y acabaría con las élites oficiales de la política americana. Esa movilización rebajó la diferencia de votos populares a favor de los demócratas por debajo de los cinco millones. Cuando esto sucede, los votos estatales dan la presidencia a los republicanos.

Así que el discurso de Trump en la toma de posesión dijo exactamente lo que esos votantes querían oír. Por la aportación de esos millones de votantes, los republicanos de toda la vida han logrado algo importante, que la agenda Obama no se perpetúe con Clinton. Por eso sonreían satisfechos mientras Trump les escupía en la cara. Ahora solo tienen que hacerle saber al presidente quién manda en Estados Unidos, graduando sus decisiones en favor de sus propios intereses. Para deshacer los escasos resultados de Barack Obama, Trump los tendrá de su lado. Para satisfacer a esos millones de blancos empobrecidos, ya lo veremos. Pues no hay manera de atender sus demandas materiales y proteger a la vez los intereses centrales de los actores del capitalismo mundial que esas mismas élites han puesto en marcha desde los tiempos de Ronald Reagan. Lo más probable, por tanto, es que Trump atienda a sus intereses ideales (mano dura con Europa, rabiosa política anti-terrorista, islamofobia, antihispanismo, fanatismo anti-abortista, antidarwinismo y homofobia) y se olvide de sus intereses materiales. Aquí hay una contradicción objetiva en el gobierno Trump, que en el fondo se deriva del hecho insólito de que masas blancas populares empobrecidas confíen el gobierno justo a las mismas élites que les empobrecieron.

Esa contradicción objetiva se intentará aplazar mediante el refuerzo de la ideología, con la venta de compensaciones de tipo psíquico, como ya se ha visto con la infinita capacidad de humillar a México. Pero cuando poco a poco se vayan decepcionando con la presidencia de Trump, esas mismas masas aprenderán su verdadero dilema: o confían en el Partido Republicano de siempre, o quedan sumidas en la irrelevancia. Que cambien de esquema ideológico es tan probable como que el cielo se hunda sobre sus cabezas. Y por eso Estados Unidos no parece que esté en condiciones de superar la fractura creciente de su sociedad, y al resentimiento ancestral de los ciudadanos de color se sumará ahora el malestar creciente de los millones de hispanos, que verán cómo sus familiares tendrán dificultades tanto para recibir sus remesas como para cruzar la frontera, por mucho que nadie en el cielo ni en la tierra pueda impedir que ambas cosas sigan sucediendo.

Así las cosas, Trump no es sino una estación más en la lenta intensificación de fenómenos preocupantes de radicalización social. Como tal, sin embargo, él mismo ya es una intensificación por sí solo, y da un paso largo en esa escalada que desde hace tiempo camina hacia esa república imperial presidencialista que, según Ackerman, amenaza con trasladar el síndrome de Weimar al gobierno de Estados Unidos. Pero la historia no conoce ningún régimen senatorial que no luche con uñas y dientes frente al intento de fortalecer los poderes centrales o presidenciales. Obama ha mostrado lo poco operativo que puede llegar a ser incluso el más carismático de los presidentes, y eso a pesar de que el aparato presidencial no deja de crecer. Creo que lo mismo sucederá en el caso de Trump. Esa ingente clase senatorial le enseñará hasta qué punto puede dejarlo con las manos atadas. Llegado el caso, ahí estarán juntos los congresistas y senadores de los dos partidos.

Tocqueville dijo que los fenómenos más preocupantes de la democracia serían mucho más graves en Europa que en América, y eso porque en Estados Unidos existe un sistema complejo de contrapesos, mientras que en Europa el peso del Estado tiene poderes centrales con más tendencia al despotismo. En este asunto del populismo hegemónico, xenófobo e islamofóbico, racista, machista, insolidario y arcaico, también se cumple esta ley. Que líderes como Le Pen, Petry, Salviani y Wilders evidencien la creación de una Europa anti-europea, muestra que los europeos ya se tienen que poner de acuerdo hasta para deshacer Europa. Pero el día que lo hagan, que Dios nos asista. Porque los problemas que producirían con ese paso no se podrían resolver salvo con una escalada de concentración de poder que difícilmente consentiría nunca Estados Unidos.

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