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Sucumbir a la fascinación

Durante el juicio que se sigue por el barcenazo ese con el que ni Rajoy ni nadie de la organización que preside tiene por supuesto nada que ver, faltaría más, a la primera persona que nombró la mujer de Luis, sé fuerte conforme relató su acceso a la ancestral apé fue a Jorge Verstrynge. «Sí, por allí estaban el secretario general del partido...», recordó en este caso con precisión, Rosalía Iglesias, amantísima esposa y seguidora acérrima del ejemplar maridín. Pocas horas después de la declaración, el que se ponía delante del juez era Verstrynge pero no por nada relacionado con la manera de producirse que ha desplegado la caterva de tesoreros seleccionados, sino por agredir a un poli en una historia callejera a favor de la república coincidiendo con la proclamación de Felipe VI. La Fiscalía solicita tres años y medio de prisión para el menda al considerarlo autor de un atentado contra la autoridad, tras el empujón que le provocó al agente algunas lesiones por cortarle el paso mientras el manifa de postín le espetaba «yo paso por mis cojones». Habrá a quien le parezca exagerada esa petición de pena pero es probable que, sin necesidad de hacerlo constar, el fiscal haya incluído sus continuas apariciones con García Ferreras en Al rojo vivo, que también tienen delito. Desde luego, yo lo entiendo.

Y es así porque no todo el mundo está en condiciones de digerir los récords que sigue batiendo el politólogo, con perdón. Igual alguno no lo recuerda y, sin embargo, antes de convertirse en consejero aúlico de Pablo Iglesias, el señorito se hizo militante socialista por lo que el pesoe todavía debe darse por satisfecho porque, de haber hecho carrera, en estos momentos cruciales no le faltaría ya ná de ná. Resultan fascinantes aquellos que cambian de adscripción porque su evolución ideológica los va volviendo loquitos. De producirse, suele ocurrir que a los dieciocho se es revolucionario y, a los sesenta y tantos, de orden. Lo de este caso tiene muchísimo más mérito si no fuera por lo que es.

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