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La hora de los importantes

El hombre o mujer más importante de la tierra son el hombre y la mujer perfectos que no existen. Perdemos de vez en el cuando el tiempo buscándolos hasta que nos damos cuenta de que la perfección es una deidad inalcanzable. Como escribió Chesterton, "nuestras vidas y leyes no son juzgadas por la divina superioridad, sino simplemente por la perfección humana". La perfección nos examina sin apoderarse de nosotros, afortunadamente, porque espanta de horror su espejismo y el hecho de que alguien pueda creerse perfecto. El líder político que se otorga a sí mismo importancia carece por lo general de ella. A Aznar, en buena medida, le perdió haberse creído un hombre providencial para la patria. Pablo Iglesias, imbuido de mesianismo, aterrizó con su fuego purificador repartiendo carnets de honrados y corruptos, y dispuesto a salvar al pueblo de las garras de la casta. No ha tardado en asimilar muchos de sus vicios. A Pedro Sánchez se le vio desde el primer minuto que él era lo único importante. Ahora se dispone a decidir por su cuenta quienes son socialistas y quienes no. Puede que haya cierta indefinición en ello, pero que se presente como salvador del partido con mayor éxito electoral de la reciente historia democrática de este país el que no ha hecho otra cosa que perder elecciones desde que fue nombrado candidato provoca hilaridad. Sánchez propone un nuevo proyecto para resucitar al PSOE que él contribuyó a enterrar. O todo o nada, es la exigencia que los importantes imponen. No es no, yo es yo. Lo hicieron Cameron, en el Reino Unido, y Renzi, en Italia, antes de renunciar; Iglesias para afianzarse e iniciar una purga, y ahora le toca a Sánchez al que, tras sus guiños a Podemos, alguien tendría que explicarle que un socialdemócrata es un socialista que ha dejado de creer que un paraguas y un bastón son lo mismo porque los dos se colocan en un paragüero.

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