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Una etapa fascinante del arte italiano

En una época en la que se repiten grandes exposiciones de artistas que garantizan una elevada recaudación de taquilla, son de agradecer las que buscan ante todo familiarizarnos con creadores menos conocidos del gran público pero no por ello menos interesantes.

Me refiero, por ejemplo, al ciclo organizado por la Fundación Mapfre en torno a la historia del arte italiano, que comenzó en 2013 con la dedicada al realismo expresionista, continuó con la dedicada al divisionismo y el futurismo y culmina ahora con los artistas del período de entreguerras.

Titulada Retorno a la belleza, esta última exposición, que coincide con la apertura de la feria de arte ARCO, ha sido comisariada por Daniela Ferrari, conservadora del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Trento Rovereto y Beatrice Avanzi, del parisino Musée d´Orsay.

Acabada la Gran Guerra, que sólo había producido devastación y muerte, muchos artistas abandonaron los movimientos de vanguardia como el futurismo o el cubismo -lo haría incluso el propio Picasso- e iniciaron un nuevo camino.

Y lo hicieron bajo el lema «Regreso al orden»: regreso al orden y al mismo tiempo a la belleza; no más elogios al maquinismo, a la violencia y a la guerra -«única higiene del mundo», como la definió el fascista Marinetti- vuelta a la figuración y al clasicismo.

Se trataba de construir una nueva modernidad con la mirada vuelta hacia los grandes maestros del pasado, sobre todo los del Quattrocento: Paolo Uccello, Piero della Francesca, Masaccio.

El punto de encuentro de aquellos artistas que, agrupados en torno a la revista Valori plastici o encuadrados en el grupo Novecento, provenían de experiencias y corrientes distintas, no era otro que la común búsqueda de la claridad, de la armonía, del orden, de la belleza.

Cada uno con su particular estilo, caracteriza a todos un lenguaje sólido, concreto, de síntesis, y también el oficio, eso que en nuestros días parece tan olvidado.

Con ellos recuperaron también su lugar los géneros clásicos: el retrato, como en el Renacimiento, que situaba al hombre en el centro de todas las cosas, el paisaje, tanto rural como urbano, la naturaleza muerta o el desnudo.

Algunos de los pintores reunidos en la exposición madrileña son sin duda conocidos incluso de un público no demasiado familiarizado con el mundo del arte como el Giorgio de Chirico de esas plazas y espacios misteriosos, que inspiran soledad y nostalgia.

También Giorgio Morandi, con sus ascéticos y silenciosos bodegones, del que vemos también aquí algún paisaje casi abstracto, o el antiguo futurista Carlo Carrà, con sus naturalezas muertas y sus paisajes de aire cézanniano.

Muy conocidos también son Mario Sironi, el de los maravillosos retratos y desolados paisajes urbanos, Gino Severini, futurista reconvertido en clasicista, o Felice Casorati, del que se exponen excelentes retratos y sensuales desnudos femeninos.

Pero hay otros con los que muchos no estarán familiarizados como Mario Tozzi, Ubaldo Oppi, Achille Funi, Cagnaccio di San Pietro, Nella Marchesini o Gisberto Ceracchini que, sin embargo, completan el fascinante panorama del arte italiano de aquellos años de régimen fascista.

Un arte que, como la Neue Sachlichkeit alemana, tuvo por cierto fuerte influencia, bien directamente, bien a través de París o las revistas, en creadores españoles como Alfonso Ponce de León, Ángeles Santos Torroella, Roberto Fernández Balbuena o Timoteo Pérez Rubio, entre otros.

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