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Necrológicas

En las notas necrológicas abunda la hipocresía, lo más fácil es dejarse guiar por la emoción de la pérdida y ensalzar la figura del muerto por encima de cualquier otra circunstancia. Sólo muy de vez en cuando brilla en ellas el sentido del humor.

Es el caso del malogrado escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia que contó en la que dedicó a su madre que una de las últimas empresas de María de la Luz Antillón había sido leer los siete tomos de «En busca del tiempo perdido». Como él nunca los pudo terminar, y la mujer se encontraba bastante pachucha, pensó que era más o menos igual que proponerse llevar a cabo los doce trabajos de Hércules. Un día entró en su habitación y la moribunda le informó de los avances: «Ya se murió Albertine». Acto seguido, ella misma entregó la cuchara, eso sí sólo después de haber despachado con éxito la titánica tarea. Ese es el tipo de necrológica despojada de "rigor mortis" por parte de quien la escribe. Con más razón teniendo en cuenta que la difunta era su señora madre.

La que sigue, sin ser una pieza humorística de Ibargüengoitia, tiene su miga. El otro día murió un tal Leslie Ray Charping, de Galveston, Texas, a causa de un tumor. Tenía 75 años. Sus familiares difundieron un comunicado explicando que el fallecido era un ejemplo de pésima educación, que habitualmente se dedicaba a consumir alcohol y drogas, además de ser un redomado putero y un indeseable en general. "Ha vivido bastante más de lo que esperábamos, y muchos, muchos años más de lo que en realidad merecía vivir", rezaba la nota que concluía de la siguiente manera: "Su muerte guarda sólo un aspecto positivo, demuestra que el mal también se extingue".

A Leslie Ray Charping no lo despidieron con una ceremonia fúnebre.

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