Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Matías Vallés

Segundo homenaje de la audiencia

El omprensivo auto de la Audiencia, que deja en libertad a Iñaki Urdangarin, no puede haber sorprendido a quienes sobrevivieron a la lectura del folio 571 de la sentencia del caso Infanta. El tribunal subraya allí que «no advertimos que la conducta revista una especial gravedad en atención al valor de la cantidad sustraída (445.000 euros)». En consonancia, aplica la franja más moderada de penas a la banda. Si aceptamos con la Academia que sustraer es sinónimo de robar, el robo de medio millón no reviste demasiada importancia. Irreprochable jurídicamente, algo difícil de explicar a los ciudadanos en cuyo nombre se imparte justicia.

El segundo homenaje de la Audiencia al comportamiento ejemplar de Urdangarin, en menos de una semana, intensifica el sonrojo porque aquí no se ceba únicamente en sus inigualables foros fantasma. O «cumbres internacionales», por remitirse a la sentencia. El auto deja libre al condenado en aplicación estricta de los criterios de exquisito comportamiento, arraigo indestructible y excelente parentela que permitieron que la banda recibiera seis millones de euros de fondos públicos de los gobiernos del PP en Balears y la Comunitat Valenciana. De hecho, la libertad recuperada ofrece una oportunidad inmejorable para retomar la actividad forística.

Los argumentos utilizados por la Audiencia de Palma para mantener en libertad a Urdangarin son los mismos argumentos que desatendió la Audiencia de Palma, a la hora de encarcelar a Maria Antònia Munar. Demandar coherencia sería grotesco a estas alturas de la sentencia, pero el giro copernicano confirma que la institución mallorquina ha renunciado al prestigio obtenido en la lucha contra la corrupción.

Los hechos crean a menudo problemas a los razonamientos impecables. La Audiencia da libertad a Urdangarin porque «dispone de arraigo laboral suficiente en territorio nacional». En efecto, su trabajo se halla tan enraizado en España que reside en Suiza, según comunica el mismo auto. Sin entrar en que nadie conoce a qué se dedica el balonmanista, desde que dejó de explotar la calidad regia de su esposa. Su abogado Mario Pascual ha declarado que «busca trabajo donde fuera, no sé si está en condiciones de elegir, pero trabajará donde pueda». Debe tratarse de un arraigo laboral retroactivo. Es un asunto sensible cuando se afirma que estas raíces se deben a que «las particulares circunstancias de Ignacio Urdangarin, sobradamente conocidas, nos eximen de su pormenorizado análisis». Asombra que se emplee un texto jurídico para excitar la imaginación del lector, una deriva esotérica que obliga al lector a preguntarse si las abstractas «circunstancias» se refieren a la Zarzuela o a la atención dedicada al escándalo por Sálvame.

La perplejidad ante el auto de libertad para Urdangarin tampoco se habrá extendido a quienes leyeron el folio 505 de la sentencia, donde se estipula como hecho irreversible que «los beneficiarios del evento son los ciudadanos». En una década larga no ha aparecido un solo ciudadano que no participara en los foros y destacara su relevancia. Mejor dicho, no hay un solo ciudadano «beneficiario» que se acuerde de ellos.

Entre las cautelas mínimas que impone el generoso auto, figura la obligación de que Urdangarin comunique «al tribunal todo desplazamiento que realice fuera de la Unión Europea». Se da la circunstancia de que los duques desposeídos del título habitan en Ginebra, que en el último recuento se hallaba fuera de la UE. En aplicación estricta del precepto citado, el creador de «cumbres internacionales» tendrá que telefonear a la Audiencia cada vez que salga de casa. Nadie es tan malvado para imaginar que una instancia señera como la Audiencia pueda confundir los límites de la decreciente Unión Europea. Se trata simplemente de consignar que, al igual que sucedía en la sentencia, todo en el auto se encamina a simplificar la vida del pobre Urdangarin.

La sentencia de la semana pasada debía conducir a dos consecuencias inexcusables, para salvaguardar el espejismo de una justicia igual para todos. La primera era la inmediata renuncia de Cristina de Borbón a sus derechos sucesorios. La segunda, la retirada simbólica del pasaporte a su ilustre marido. Ninguna se ha cumplido. Nada impide a Urdangarin un viaje a países sin tratado de extradición. A los que no se fugará, porque así lo ha decidido la Audiencia.

Los dos años de diferencia de pena no explican el mayor ensañamiento con Diego Torres. En especial, después del excelente trato dispensado a su esposa Ana María Tejeiro, que abría cuentas de cientos de miles de euros en bancos suizos de Luxemburgo con absoluta ignorancia sobre la procedencia ilícita del dinero.

La Audiencia deja libre a Urdangarin, pero no perdona al fiscal. Las pésimas relaciones entre Pedro Horrach y la presidenta del tribunal alarmaron a los asistentes al juicio. En 750 folios de sentencia, no se efectúa el mínimo reconocimiento protocolario a la ingente labor llevada a cabo por la Fiscalía Anticorrupción sobre el escándalo. La petición de penas fue reducida a menos de una tercera parte. La incompatibilidad absoluta se remató el jueves al desestimar íntegramente las propuestas del acusador público. Que tampoco iban más allá de una fianza llevadera.

No es descabellado proponer que Urdangarin jamás pisará la cárcel. Si se alberga alguna duda al respecto, basta reparar en otro fragmento del auto de anteayer. «La pena que, no debemos obviar, responde a la suma del total de las impuestas». Es decir, basta un retoque cosmético del Supremo, que rebaje la única condena superior a dos años, y el esposo de la infanta será libre para siempre. Como se quería demostrar

Compartir el artículo

stats