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Un emperador en prácticas

Muchos dicen estar hartos de que la prensa se pase el día hablando de Trump, como si no hubiese cosas de casa en las que ocuparse. Razón no les falta, pero es que se trata de un asunto interno de España, contra lo que pudiera parecer. El irascible septuagenario de flequillo juvenil preside Estados Unidos y, por tanto, sus decisiones afectan a nuestro país tanto o más que las de Rajoy. Precisamente por eso inquieta lo suyo, aquí y en Pekín, que el nuevo boss del imperio actúe como un adolescente colgado del Twitter que en apenas unas pocas semanas en la Casa Blanca ha demostrado una notable capacidad para sembrar el caos. Hasta un ex primer ministro de Suecia, frío y flemático como suelen ser las gentes de Escandinavia, se ha preguntado qué es lo que fuma Trump para decir lo que dice y hacer lo que hace. No es el primer caso de un gobernante que llega al poder sin la menor idea de lo que es la política. Aquí, sin ir más lejos, hemos sufrido a varios ministros que parecían funcionar como becarios en prácticas de poder. Tomaban una medida por la mañana y la desechaban por la tarde; aprobaban leyes sin calcular antes el coste de su aplicación y sostenían opiniones tan llamativas como la de que el dinero público es de nadie. Tal parecía que llegasen al gobierno para formarse en la profesión de político, por mucho que eso fuera en detrimento de sus administrados. Nada de especial gravedad. Después de todo, los daños que podían causar eran limitados, así en el espacio como en el tiempo. Cuestión bien distinta es el caso de Trump, que está haciendo un cursillo acelerado de presidente de la mayor potencia del mundo. Para todo se requieren profesionales. Si uno llama al fontanero, lo hace con la esperanza de que sepa desatascar las cañerías. La misma competencia damos por supuesta al arquitecto que diseña una casa o al ingeniero que proyecta un puente, aunque a veces haya famosas excepciones a la regla. Con los políticos no sucede lo mismo. Se da por hecho que cualquiera vale para ese oficio que, sin embargo, debiera exigir saberes comparables a los de Platón y sutilezas propias de Maquiavelo. Cuando llega al poder un aficionado -como Trump o Zapatero, un suponer- se le nota enseguida. A favor o en disculpa de Trump juega la hipótesis de que el actual emperador no se tomase en serio la posibilidad de alcanzar la alta magistratura que ahora ejerce. Su llegada a la presidencia le habría pillado por sorpresa, como al resto del mundo; y ahora no le queda otra que aprender. Lógicamente, los resultados son descorazonadores. Trump gobierna a golpe de tuit y, a pesar de que dispone de sofisticados servicios de inteligencia, prefiere informarse por la tele. Semanas después de su llegada a la presidencia, tiene aún dificultades para completar el organigrama de gobierno; y en lo tocante a la política imperial, ha adoptado los principios de Manquiña. Lo mismo que te dice una cosa, te dice la otra. Queda claro, en fin, que al poder hay que llegar enseñado. Trump, emperador en prácticas de becario, hace lo que puede.

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