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¿Musas o perchas?

La imagen se ha difundido ampliamente hace pocos días. Una decena de mujeres hermosas y elegantes ocupaban la pasarela madrileña (MBFWM, ex Cibeles) convocadas por un diseñador de grandes dotes (y raíces valencianas): Juan Duyos que, a lo largo de los veinte años de carrera que celebraba, ha protagonizado algunos momentos de pletórica inventiva y decisión. Duyos consiguió reunirlas y fue muy bonito ver desfilar juntas a Nieves Álvarez, Judit Mascó, Helena Barquilla, Verónica Blume, Vanessa Lorenzo, Cristina Piaget, Madleine Hjörst, Laura Sánchez y -de generaciones posteriores- Almudena Fernández y Marina Pérez; «las mejores modelos de la historia de España», según una comentarista.

Alguien echaba de menos, entre ellas, a Laura Ponte, que estuvo presente, pero como espectadora. Yo añoré a otra grandísima modelo, habitual de los desfiles en los 80 y 90, que generaba una especie de electricidad ambiental a su paso bajo los focos: la valenciana Celia Forner. Encendía la pasarela, transitándola con espontánea sensualidad y una arrogancia natural cálida, arrebatadora. Hace tiempo que no sé nada de ella. Supongo que continuará residiendo en Londres, donde la llevó su matrimonio y desde donde me solía enviar fotos de sus preciosos hijos. Sigue en mi recuerdo como una de las modelos de más penetrante personalidad.

Ciertamente, ellas, las que dan vida a la ropa y nos la hacen deseable, son un eslabón importante en la extensa cadena de la moda. Algunas se convierten en musas inspiradoras de los creadores o alcanzan la categoría de top models con cifras astronómicas en sus contratos. Pero la inmensa mayoría queda en el anonimato. Son esas chicas bonitas, estilizadas y fotogénicas que, en realidad, ejercen un oficio bastante inseguro, desfilando unas temporadas sí y otras no, o poniendo su imagen al servicio de catálogos y reportajes sin que su nombre llegue a ser conocido del gran público.

Hoy me gustaría resaltar el trabajo de tantísimas jóvenes que, en todas partes, se esfuerzan por mantener un físico impecable, exhiben las costosas ropas que ellas nunca podrán comprar y permanecen innominadas, formando la mayor parte de una profesión difícil, exigente y de corto recorrido temporal. Podríamos simbolizarlas en la fotografía adjunta: un diseño de John Galiano (año 2005) en que apenas se distingue el rostro de la modelo, reducida a su simple condición de «percha». El tema da para mucho más, y espero abordarlo en otra ocasión.

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