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Moralidad y pudor

Hoy, amigo lector, me dispongo a encaramarme a un altillo de moralidad absoluta, de dignidad sin ambages, sin dobles sentidos o pequeñas cesiones en aras de la eficacia general de la vida pública. La palabra más repulsiva y que más suena en este mundo es «bueno» seguida de puntos suspensivos. Es preciso comprender que, en la administración de la cosa pública, no existen matices ni verdades relativas.

Busco un término que lo englobe todo, la dignidad, la rectitud, la honradez de la cosa pública, por supuesto. Y me topo con el vocablo «pudor».

Por pudor entiendo el que debería haber aplicado a su vida familiar el candidato francés a las presidenciales François Fillon. No ha tenido más remedio que reconocer su inmoralidad? cuando le han pillado con las manos en la masa (pagar sueldos durante años a su mujer y a sus hijos con cargo al erario público) pero tampoco ha tenido el pudor de actuar en consecuencia y marcharse a su casa.

Por falta de pudor entiendo que la número 2 de Podemos sea la compañera sentimental del número 1, después de haber sido fulminado el anterior número 2 enviándolo a galeras. Y esto proviene de un conjunto de jóvenes colegiales que llegaron a la política con el afán declarado de dignificarla.

Por falta de pudor entiendo la del presidente del Gobierno, que lleva años escurriendo el bulto con la boca llena de elevados principios y que, cuando le señalan que debe cumplirlos y forzar la dimisión del presidente de la comunidad murciana, se hace el loco. Y luego se quejan de que Pedro Sánchez lo llamara indecente en un cara a cara.

Por explicar un poquito lo que esconden en la faltriquera estas gentes: hacemos un acuerdo general de dignificación de la vida política; todo personaje que sea imputado por un juez, dimitirá automáticamente; bueno, en realidad, es fundamental que se respete la presunción de inocencia; y además, no lo han imputado, solo ha sido investigado (olvidando convenientemente que la ley ha trasformado la imputación en investigación). Imaginen la cantidad de excusas que aún faltan por alegar: bueno, falta un tiempo para que se llegue a la apertura de juicio oral; bueno, hasta que no veamos que la defensa sale un poquito derrotada; bueno, no hemos visto que el presidente de Murcia haya salido esposado; bueno (sobre todo) no se ha quedado con dinero público sino que se trata de un asuntillo de prevaricación; ánimo, Pedro, que esto se pasa. Una juerga. Y los dos ex presidentes de Andalucía hace tiempo que deberían haber dimitido. A la mera sospecha.

¿Pudor? Cuando Inés Arrimadas, que es la más lista de todos, dice que sigue pendiente esta mínima historia del 3 %, le contestan que lo importante es la independencia de Cataluña y no estas bobadas de unas pequeñas mordidas.

El pudor se convierte en dignidad cuando un político aplica sus principios a rajatabla, sin concesiones. Y eso, en España, no existe, razón por la que me sonroja nuestra vida pública. Tanto que nos metemos con los ingleses, ya podríamos imitar su incorruptible honestidad: a la menor sugerencia de actuación impropia, el político británico de turno dimite.

Solo conozco dos únicos casos en España: Demetrio Madrid, presidente de Castilla León en 1986, que dimitió antes de ser imputado por una querella de la que luego fue declarado inocente (señor Rajoy, aplíquese el cuento). Y Antonio Asunción, que, en 1994, a los seis meses de ser ministro del Interior, dimitió porque se consideró responsable de la fuga de aquel sinvergüenza que había sido director general de la Guardia Civil (señor Trillo, aplíquese el cuento).

No hay excepciones. Ni siquiera en el denostado Estados Unidos de Trump, cuyo candidato a ministro de Trabajo se retiró antes de la confirmación por haber tenido trabajando en su casa a una mexicana sin papeles.

No hay excepciones, no.

Por cierto, a aquellos que me preguntan qué diablos es esto de las verdades alternativas que ha puesto de moda la administración Trump, les daré un ejemplo español. Durante años, cada trimestre el gobierno del PP se ha ufanado de la mejora constante del empleo: tanto que parece mentira que aún queden parados. Esto va cada día mejor. La verdad alternativa, sin embargo, vino esta semana de la mano de la Comisión de Bruselas que afirma que el desempleo sigue alto, el trabajo, precario y la desigualdad, cada vez más grave. Y hay un porcentaje alto de españoles en el umbral de la pobreza o con trabajos de los que no pueden vivir. Si esto no es verdad alternativa, que venga Dios y lo vea.

En el fondo, la culpa de todo la tienen los jesuitas con su teoría de las mentiras blancas o piadosas.

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