Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Sin ganas de volver a pisar EEUU

Desde que dejé mi trabajo en EEUU a comienzos de los años noventa, no he sentido ganas de regresar a ese país.

Nunca me encontré realmente a gusto en aquella sociedad - sensación que comparto con otros europeos-, pero con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca sé que no volveré a pisar aquellas tierras.

Ya siempre me resultó muy antipático el paso del control en el aeropuerto, las preguntas del funcionario de inmigración, un tipo que podía ser negro o de origen latino, pero se aprovechaba muchas veces de su uniforme para tratar de humillar al viajero.

Y lo peor de todo es que no podía ocurrírsele a uno soltar un comentario irónico o hacer una broma sobre el cacheo porque se exponía a que le detuviesen y sometieran a un interrogatorio todavía más exhaustivo.

Leo en los periódicos que la cosa es cada vez más seria, sobre todo desde que existen los teléfonos inteligentes porque pueden obligarle a uno a revelar su número de identificación personal, su código PIN.

Cuenta un diario que un tal Haisam Eisharkawi - nombre que debió de resultar inmediatamente sospechoso al Smith o Fernández de turno- tuvo que entregar su móvil y todos los códigos de acceso al llegar a Los Ángeles.

Aunque tenía pasaporte estadounidense, fue esposado e interrogado durante tres horas con el resultado de que perdió su vuelo de conexión a otra ciudad norteamericana.

En otro aeropuerto, el de Chicago, le ocurrió algo parecido a un tal Ali Hamedani, reportero de la cadena británica BBC, lo cual alarmó a la ONG Reporteros sin Fronteras porque el registro al que fue sometido afectaba a las fuentes del periodista.

Y en Houston, un colaborador de la NASA llamado Sidd Bikkannavar tuvo que entregar también a los funcionarios de inmigración su teléfono móvil, lo que le pareció tan indignante que decidió contarlo en internet con el consiguiente escándalo.

Bikkanvar confesó al multimedio de noticias tecnológicas The Verge haberse sentido muy mal al tener que hacer entrega de su móvil, un instrumento que para muchas personas ha pasado a formar parte de su "yo": alguien lo ha llamado "psicoprótesis".

El psicólogo Bert de Wildt, del hospital clínico de la universidad de Bochum, se pregunta por qué tienen los viajeros que entregar su móvil cuando la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU tiene ya prácticamente a todo tipo de informaciones.

De Wildt, citado por el diario alemán Süddeutsche Zeitung, sospecha que el control del móvil del viajero tiene, sin embargo, como objetivo un acto simbólico: la entrega o sumisión del que entra en el país.

Compartir el artículo

stats