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Rusia, Putin y el tío Pilón

El día que Putin decidió tirar por la calle de en medio e intervenir en Ucrania y anexionarse Crimea, los agricultores de mi pueblo pagaron el pato. El tío Pilón, que toda la vida ha estado doblando el espinazo, que no ha tenido más remedio que ahorrar para pagar los intereses de la deuda adquirida con la Caja Rural el día que decidió cambiar de tractor, no ha hecho otra cosa que pagar religiosamente todos los impuestos municipales, provinciales, autonómicos, estatales, europeos , mundiales y extraterrestres, a los que hay que añadir las comisiones por descubiertos, aperturas, mantenimientos y cierres de cuentas de la nueva entidad financiera que, por orden de la superioridad, se hizo con la caja de los agricultores locales, aquella que no cobraba comisiones, repartía en obras sociales y regalaba viajes de turismo a Salou y Benidorm.

El tío Pilón ha de vender sus productos al precio que le quieran pagar porque las fronteras rusas han sido cerradas al comercio agrícola. No sabe muy bien a santo de qué, ni quién es el responsable, pero el caso es que nadie se preocupa de buscarle nuevos mercados. Aquellos que decidieron imponer sanciones nada quieren saber del problema. De eso se encarga «el mercado»? le contestarían en el caso de que el buen hombre fuera a reclamar a alguien, que no es el caso. Son los mismos que abren las fronteras de China para que varios cientos de millones trabajen como esclavos y hundan la industria local. Llegan naranjas de África mientras las valencianas se pudren en el campo porque no vale la pena recogerlas. Y el tío Pilón, que apenas sabe leer y escribir, pero se hizo hombre de bien trabajando de sol a sol, aprendiendo a podar, a labrar, a sembrar, sin tiempo de maldades por las calles del paro, no entiende nada. Sólo ve cómo aquello por lo que luchó se derrumba ante sus ojos.

El hombre no sabe, ni falta que le ha hecho en su vida, dónde está Ucrania, la península de Crimea, de dónde viene Putin o las razones tan graves para que aquello que cultiva no pueda venderse a los remeros del Volga. De Rusia sólo recuerda los reportajes de televisión con los desfiles del Primero de Mayo, y aquellos mandamases sacados de un geriátrico con una cantidad de medallas solo comparables a las que puede acumular un fallero valenciano. Lo que sabe y siente es que el Gobierno que él sostiene con sus impuestos, por activa o por pasiva, por acción o reacción, le impide comerciar con Rusia, que solía pagar religiosamente y a un justo precio. Y, en su sencillo razonamiento, se pregunta quién es ese que en nombre de él dice que Rusia es culpable de no sé qué en Ucrania o en Crimea.

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