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Bálsamos y mordazas

Hace cuarenta años, las Constituyentes se pusieron a la colosal tarea de crear un sistema democrático a partir de las mediaciones y resortes de un régimen que no lo era. El asunto fue conmemorado con la solemnidad debida y las tertulias gusaneras han consumido dilatadas horas de programación grasienta en la tarea de ver si los méritos de unos y otros estaban poco o muy reconocidos. O si bastaba con un rey o eran mejor dos al precio de dos. Es una especie de tortícolis que nos mantiene en un escorzo ligeramente retrógrado dispuestos a aplazar los asuntos del día y a no dejar a los difuntos en paz. Hay una excepción, que son los difuntos por pacificar de las cunetas a quienes les adeudamos las honras. Aquí no hay negociación: sólo vergüenza o la falta absoluta de ella.

De aquellos galanes que nos sonrieron con las blancos dientes de antaño (salvo Santiago Carrillo, que ya venía muy nicotinado) puede decirse que no lo hicieron mal, y eso ya es decir mucho en un tiempo de desvanecimiento de la ilusión revolucionaria y de regentes aferrados que sólo sufrieron pérdidas leves de orina: la verdad es que nos tenían bien controlados. Eso sí, la democracia sigue siendo un objetivo. De momento, tenemos un bipartidismo muy erosionado pero de ningún modo extinto, con mucho afán de hacer piña y pasar la gorra: el que se mueve no sale en el selfi de Alfonso Guerra ni cobra billetes de 500 de los sobres de Luis el Cabrón. El granuja del ministro Cristóbal Montoro, a quien censuraron el Congreso y el Constitucional, está convencido de que el impulso dimisionario es falta de virilidad.

Siguiendo con los asuntos del día, poco importan las claves del estallido independentista: tarde o temprano habrá que plantearse, a ser posible con inteligencia política, la cuestión catalana. Lo mismo que la bancaria, esto es recuperar hasta el último céntimo (más los intereses) prestado a los bancos que, como no podían quebrar, rompieron millones de espinazos mucho más leves. Esos espinazos son los que reclaman un poco de bálsamo y, ahora y siempre, toda la libertad.

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