Opinión
Ferran Cano
Dos décadas después
Hace 20 años que viví una de esas tardes que permanecen en el recuerdo de la cabeza para siempre. Sucedió un sábado de calor, 12 de julio de 1997. Me encontraba en casa, con mis amigos, adolescentes despreocupados, dispuestos a dar una vuelta, que era de lo mejor que pasaba en toda la semana. Pero esa día no había alegría, sólo malestar y mucha intranquilidad, colectiva, ante el desenlace del secuestro del concejal del PP de Ermua Miguel Ángel Blanco.
Normalmente a esas horas, acostumbrábamos a escuchar la música de Blur o los Rodríguez con la que animábamos el momento de esparcimiento vespertino, pero ese día no habían ganas. La actualidad era como una película de terror pero real, y ahí nos tenía, sin muchas palabras, en el salón, pegados a la pantalla cuadrada de un televisor grueso que hacía las veces de ventana al horror en directo, una vez más. Al igual que el 11 M, este fue uno de los momentos históricos y fatales, sobre los que si preguntas a un contemporáneo, te dirá con certeza, donde estaba y que hacía concretamente en ese momento. El salón en el que me encontraba, estaba presidido por imágenes de multitud, la manifestación por la paz que alimentaba corazones encogidos y la esperanza, rota, de millones. Todos los que asistimos en directo al desenlace que nadie quería y sucedió. La muerte de Miguel Ángel, sólo tuvo una cosa buena, empezaba el final de ETA. Esa barbarie con la que crecimos los de mi generación y con la que nos encontrábamos día sí, día también abriendo telediarios y boletines de radio. Lo salvaje estaba siempre tan presente... La violencia fulminaba vidas y sobre ella reflexionábamos en conjunto, con demasiada frecuencia, en los minutos de silencio que interrumpían la cotidianidad de nuestras horas lectivas, pasaba casi todas las semanas. Estábamos en la EGB cuando Irene Villa nos hizo crecer en aquello de la solidaridad y lo de Miguel Ángel, acabando el instituto, se convirtió en aquel momento de ya no más...
Basta ya, me vino a la cabeza mientras veía en directo, en una pantalla LED, a la hermana Marimar en el homenaje recuerdo de ayer en el Teatro Real. Hemos madurado, cuánto ha llovido y cuántas llamas apagadas con esa lluvia hasta encontrar la paz. Después de tanto dolor y a pesar de la politización, viéndolo, mis manos fueron blancas otra vez, dos décadas después.
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