01 de agosto de 2017
01.08.2017

La leyenda de Roldán

01.08.2017 | 04:15
La leyenda de Roldán

Escribo este artículo desde Bremen, un poco distante de todo y, por encima de cualquier otra cosa, de los calores españoles. Aquí, al fresquito, paseando por la plaza del Mercado, frente al Ayuntamiento, miro una vez más a este gigantesco Rolando, ausente y risueño. Y en efecto, este Roldán tiene una de esas caras más bien abstractas de las estatuas góticas, atravesadas por una beatífica seguridad, sin rastro alguno de violencia, por mucho que porte la gigantesca espada Durandarte. Lo que más llama la atención en la estatua es justo ese broche rectangular del cinturón, que tiene un aire más antiguo, más arcaico, como si persiguiera de verdad una huella germana sin estilizar. Y aquí, reflexionando sobre la fijación de esta ciudad con el viejo héroe carolingio, me asombro de que sea el mismo de las leyendas castellanas, el que murió en Roncesvalles asaltado por los vascones, cuando el ejército de Carlomagno regresaba del famoso sitio de Zaragoza. Varias ciudades imperiales, incluida Hamburgo, han visto en Roldán un símbolo de sus libertades. Nuestras leyendas celebran sin embargo que muriera a manos de aquellos fieros defensores de la vida agreste de los valles.

El patrón de Bremen es san Pedro y los Cantares de gesta franceses dicen que una de las reliquias de la espada de Roldán era un diente del apóstol. Sin embargo, este aspecto no es el que más une a Roldán con Bremen. La leyenda dice que Bremen seguirá siendo una ciudad estado libre mientras la estatua de Rolando siga en pie. Este es el motivo de que el ayuntamiento, todavía hoy, tenga preparada otra réplica en sus almacenes, para el caso de que cualquier accidente la tumbe. Durante la guerra mundial la sepultaron para que no fuera bombardeada, y así resistió en pie. Claro que fue destruida algunas veces: por los soldados del arzobispo, en una de esas luchas entre ciudades y obispos por el señorío urbano. Napoleón, en cambio, abandonó sus planes de llevarla a París como un botín de guerra. Así se ha mantenido en su sitio al menos desde el siglo XIV, protegiendo con ese escudo parlante dorado el estatuto de la ciudad hanseática. La inscripción en él, en un bajo alemán que suena más bien a danés, comunica a los habitantes de Bremen que Carlos ha concedido a la ciudad sus libertades. De ellas, la estatua es su emblema, y eso es lo que ha hecho que ese conjunto urbano haya alcanzado el estatuto de patrimonio de la humanidad.
Mientras paseo una vez más por la plaza, ¿cómo no escuchar el run-run de los sótanos del cerebro, allí, en las aguas subterráneas del alma, esos ecos desmedidos de mi artículo sobre Lutero del pasado martes? ¿Cómo no presentir en medio de la paz de la plaza, mezclados con los ritmos de los músicos eslavos, los ecos turbulentos de los insultos, las descalificaciones, los improperios de gentes que son para mí vagos nombres, sombras anónimas? Aquí, en una ciudad del norte de Alemania, es muy difícil escapar al encanto de la evocación histórica. Entonces, los insultos adquieren otra dimensión. Si uno pasea por lo que queda del barrio antiguo, puede contemplar las jambas de las casas góticas. Están en pie desde el siglo XV, como la estatua de Roldán. Algunas de ellas bien pudieran haber escuchado las palabras originarias de la Reforma. De hecho, el Monasterio de los Franciscanos de Bremen se cerró en 1528 y pasó a ser un hospital. Es verdad, estamos en tierras de Reforma.

Y sin embargo, antes de este tiempo, ya la estatua de Rolando tenía esta inscripción en su escudo: «Vryheit do ik ju openbar» («Libertad yo os anuncio»). Y esa estatua no es sino un compromiso de que, una vez anunciada, la libertad será permanente. Libertad de la ciudad, en la ciudad, desde la ciudad; libertad como una forma de vida urbana de la que ya uno no puede desprenderse tras haberla conocido. Y no puedo dejar de mantener ese diálogo intermitente con el fragor de los comentarios de las redes sociales, ardientes y apasionados, y recordar que no podemos entender Europa sin esta historia de largo plazo de la libertad. En su seno hay que colocar la Reforma, desde luego, tanto como esos comentarios ardientes. Por supuesto, ella no es el origen de esta aspiración, que viene de más lejos, del vivir juntos de los seres humanos, de cuando se decía «el aire de la ciudad hace libres». Pero la Reforma debe entenderse como un momento evolutivo de ese espíritu comunitario urbano, como un momento reflexivo acerca de este problema: ¿cómo ser más libres en común? Por supuesto, la Reforma no resolvió este problema. En realidad, es muy difícil resolverlo. Casi imposible. Pero algo sabemos: para resolverlo hay que plantearlo antes.

Uno de los insultos más extraños que me han lanzado estos días de polémica es el de entregarme al estudio de las vísceras de Max Weber. Es uno de esos insultos que, por descuido del insultante, se convierte en un timbre de honor para el insultado. Pues en verdad, estar preocupado por mantener el combate histórico por la libertad humana concierne a las vísceras de Weber y debería concernir a todo ser humano que guardase ese mínimo de inteligencia que, aunque todos los poderes del mundo se concitasen en su contra, le impediría gritar: «¡Vivan las cadenas!». Cuando se miran las cosas desde esta historia de la libertad que atraviesa la vida y las aspiraciones de las ciudades europeas, entonces uno aprende a orientarse en el pensamiento y en la realidad; entonces uno sabe que eso de las naciones homogéneas y de los Estados soberanos, y las masas compactas que los defienden a gritos, es pura fantasmagoría, el retablo de Maese Pedro.

Kant llamó patria a la imagen de una procedencia común que se forjan aquéllos que se han dado recíprocamente derechos y deberes libremente. Así que una patria que no sea edificada sobre la libertad y el derecho es una palabra vacía. Por mi parte, considero ajeno a mí todo poder que no sea patriótico en este sentido. Eso me permite mirar con absoluto distanciamiento la historia de los poderes hispanos. Sus historias de poder sólo me conciernen según favorecen o no mi libertad. En ese sentido, lo que me une al pasado de la gente hispana es encontrar españoles en todos los siglos que lucharon por sus libertades frente a poderes que no eran capaces de producirlas, respetarlas y conocerlas. En cierto modo, mi patria es la solidaridad con los que carecieron de ella durante siglos, y con los que carecieron de iglesia, porque tampoco ella supo dar ni reconocer libertades a nuestra conciencia. De ahí puede brotar un sentido de la decencia y un espíritu de objetividad.

Este sentido dictó el compromiso de muchos en su lucha por tener algún día una constitución libre. Que con esa larga historia, hoy no la tengamos perfecta, es algo que no me escandaliza. Al contrario, me inspira cierto optimismo. Al menos tenemos una. Como me produce optimismo que centenares de miles de reformados sean españoles leales justo porque la patria les reconoce esa libertad. Pero faltaría a esa misma libertad de mi conciencia si no dijera que todo lo que no sea mejorar la Constitución que se fundó en 1978 será un retroceso hacia las zonas trágicas de nuestra historia. Para ello debemos recuperar la decencia de aquellos días, abandonar el espíritu de imposiciones y restablecer el espíritu de los equilibrios. Y esa fe en el espíritu capaz de forjar percepciones comunes en libertad es la que echo de menos en los que insultan de un modo precipitado y distraído. Y creo que esa convicción sólo se sostiene cuando uno se sabe parte de una larga historia europea de luchas por la libertad. Todo esto me recuerda la estatua y la leyenda de Rolando, en Bremen.

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