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El catalanismo despierta al león dormido español

La consecuencia más elocuente y visible de la rebelión catalana ha sido despertar al león dormido del españolismo. También han aflorado las oportunidades de negocio en los territorios fronterizos, en torno a la fuga de bancos y empresas. Y las redes sociales han vuelto a tener un tema recurrente para mostrar los altos niveles de estupidez que pueden alcanzar algunos representantes del género humano.

Así llevamos ya varios e intensos días, anegados de whatsapps ridículos, apasionados y falsos. En Alicante y en la depauperada city de Valencia, es todo alegría contenida y disimulada tras las decisiones del Sabadell y la Caixa mientras en las poblaciones de Huesca cercanas a Cataluña se multiplica el suelo industrial en oferta. En Fraga hay colas para ingresar ahorros del Principado.

Pero lo más evidente son las banderas, la proliferación rojigualda en los balcones. Banderas y sentimientos patrióticos, toda la simbología que, en efecto, fue secuestrada por el régimen de Franco, quien precisamente tomó de la Falange joseantoniana su ideario nacionalista.

Conviene mirar atrás, a ser posible sin pasiones ni doctrinas, sin causas justas con las que construir un ideal maniqueo sobre la historia. Les aconsejo visitar por eso la exposición dedicada por la Universitat de València a la biblioteca errante de Juan Negrín, el médico canario que fue el último presidente del Gobierno de la II República. La podrán disfrutar en la hermosísima sala del Duque de Calabria, donde antaño residieron los incunables en la Biblioteca histórica de La Nau.

Negrín, como muchos otros dirigentes republicanos, era un hombre culto, políglota, interesado por muchas temáticas además de la fisiología, amante del incipiente arte fotográfico, y bibliófilo empedernido. Vilipendiado hasta el punto de ser expulsado del PSOE -junto a Max Aub, aunque ambos han sido rehabilitados por el partido- y acusado poco menos que de regalar el legendario oro republicano a Moscú.

Esos episodios ya han sido convenientemente explicados por los historiadores serios, así que les invito a recalar en esa exposición para encontrar emotivas conexiones valencianas con Negrín, como la imprenta de la calle Avellanas en la que se tiraron muchos ejemplares de revistas promovidas por aquel, de alguna de las cuales fue secretario de redacción Gil-Albert, por no hablar de la edición ilustrada de los famosos trece puntos de Negrín, aquellos con los que quiso dialogar para terminar la guerra civil en paz, una edición atribuida a Renau que, posiblemente, dibujaría más bien Tonico Ballester.

A lo largo de la exposición vuelvo a constatar el profundo y exaltado españolismo de la II República, pues la España moderna no es otra cosa que el proyecto progresista inaugurado en 1812 y que culmina con los republicanos. La editorial que fundó Negrín se llamaba España, el libro más valioso del político canario es una primera edición del España en el corazón de Neruda€ y por allí circulan varios cancioneros con las coplas, las mismas que se cantaban a un lado y otro del frente, coplas españolas a las que se les cambiaba alguna estrofa de la letra para ideologizarlas convenientemente.

Llama la atención, también, un texto de Rovira i Virgili, titulado España y Cataluña, lo que nos une. Conviene recordar que su autor da nombre a una universidad en Tarragona por su contribución a la causa catalanista, que defendió como político y periodista, postulando la realidad nacional catalana para terminar como presidente del Parlament en el exilio tras la guerra civil. Pues bien, Rovira refuta el concepto de España como «nación de naciones» -atribuido a Salvador de Madariaga-, y propone «un Estado de naciones», pues considera que existen «comunes raíces profundas» que «dan savia a la unión de los pueblos hispánicos».

Ese es posiblemente el meollo de la cuestión, que España fue Estado antes que nación -en acertada idea de Jaime Siles-, y el Estado español -en concepto que tanto gusta decir a los que sienten aversión por el nombre de España, ignorando su procedencia-, no ha sido capaz todavía de construir la arquitectura política adecuada para gestionar su programa unitario en la diversidad. Ni un relato sobre la España amable. La pérdida de Cuba y otras colonias resultó traumática en el 98, la rebelión catalana actual da miedo, como ha acertado a decir Juan Roig.

Salvar el mercado económico único y reconducir los sentimientos de naturaleza emocional y romántica, es imprescindible en estos momentos. Afligidos por el nuevo levantamiento catalán, los españoles han reaccionado haciendo emerger sus sentimientos nacionales. Era lógico y era la hora. Pero el regreso del españolismo no puede ser en clave reaccionaria. España se merece tener un sentimiento de pertenencia compartido y compartible, un patriotismo cívico a la altura de las naciones más primorosas del planeta, incluso un nuevo himno cantable y emotivo. No vale rebuscar en el baúl de la España negra e intolerante, la del Empecinado y tantos otros héroes de trabuco y tentetieso.

Resulta descorazonador, sin embargo, observar el grado de ineptitud de nuestros actuales políticos, a un lado y otro del conflicto, y asquea comprobar el grado de manipulación al que son capaces de llegar, adulados por una corte de periodistas y tertulianos militantes, con RTVE y TV3 como brazos armados del enfrentamiento. Se ha tenido que producir una insurgencia de empresarios, accionistas y ahorradores para que la independencia catalana descarrile. El denostado mercado global, por esta vez, nos puede salvar de un nuevo desastre nacional.

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