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El negocio ruinoso de los "exits"

El ideal de la unidad europea puede agriparse internamente, como cualquier arquitectura ambiciosa, pero no sucumbir. Los países miembros que acusan incomodidades deberían trabajar por una mejor integración en lugar de amenazar con nuevos exits que les dejarían fuera del único bloque que puede hablar en nombre de Europa y gestionar problemas y proyectos a escala continental. Fuera de él sólo hay frío, como están constatando los británicos, que nunca fueron miembros en plenitud (como sí lo son algunos objetores) pero sienten el vértigo de una desconexión sin rebajas en la cuenta del divorcio, ni períodos transitorios, ni semáforos verdes para circular mercancías ni establecer residencia.

Merkel y Macron quieren potenciar los beneficios de la Unión Europea y rearmar sus ideales. Nada impedirá porque participan de ello la gran mayoría de los miembros. May, que era europeista, parece hoy conversa a la causa del brexit por cumplir el mandato de un referéndum cuyo resultado negativo nunca previó Cameron, cometiendo el error que le costó el cargo: dejarlo en manos de demagogos antieuropeos y voceros de la ultraderecha como el despreciable Farage. Esa fidelidad a una consulta descuidada y ramplona no le ha dado votos. Se los ha restado en medida bastante como para poner en entredicho su continuidad como gobernante que desdeñó la ocasión de convocar un nuevo referendum con información seria y completa antes de sacar las urnas.

Muchos de los que votaron sí a la salida le pasarán en las próximas elecciones la factura del desenganche, del que su partido es principal culpable. Flaco negocio para una desarbolada May y los conservadores que aún la apoyan. La primera ministra de Escocia, Sturgeon, trabajaba por un segundo referendum de independencia y ha resuelto archivarlo hasta ver qué pasa con el brexit. Una decisión más aguda y sutil.

Los que confían en la compensatoria relación bilateral con EE UU tendrán que rendirse a la realidad de los mercados, como siempre ocurre, guste o no guste. El europeísmo casi teológico de la secesión catalana no abre un solo resquicio de acogida en la UE y probablemente son los mercados, tan ágiles en coger puerta, los que han desinflado el ardor guerrero de Puigdemont, víctima, además, del fuego simultáneo de ERC y la CUP, ya casi excompañeros de viaje.

En la dinámica de agrupamiento que impone la globalización (de los mercados) en el siglo XXI, los separatismos son anacrónicos, piezas desechadas en los tableros multilaterales. Si ya lo está comprobando el Reino Unido, ¿qué pasaría en una exautonomía española cuyos bonos son basura en el dictamen unánime de las tres agencias evaluadoras y está siendo abandonada por las grandes, medianas y pequeñas empresas que le dieron prosperidad, así como por el 50 % del turismo que ayudaba a tapar los agujeros de la corrupción y el mal gobierno? Claramente, ni los catalanes separatistas merecen a estos políticos. Tampoco la globalización y la dictadura de los mercados merecen aplauso, pero es lo que hay.

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