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Estafadores de la buena fe

Los nacionalismos son intempestivos y algunos indigenismos son estúpidos. Ambos se ubican al margen del tiempo histórico como exudación residual del malestar del mundo. No es fácil acompasar los biorritmos mentales al pulso de una contemporaneidad que es movimiento continuo. Ahí puede estar el origen de las manías disgregadoras en el siglo de las uniones estratégicas, como también el retrosalto a las circunstancias de hace cinco siglos. Es ridículo fundamentar las campañas pro-indigenistas del presente en reales o imaginarios genocidios de los pueblos americanos de los siglos XV y XVI. Mutilar una estatua urbana de Colón o tratar de expulsar de California la memoria de Junípero Serra es gratuito e inútil. Los animadores de esa barbarie identifican la mentalidad de hoy con la del pasado, patología regresiva que los califica por sí sola, verificando el vacío de un gesto reivindicativo que deberían centrar moral y políticamente en la vergonzosa supervivencia de comunidades indígenas aún hoy marginadas o perseguidas. Toda la energía que malgastan en condenar lo remoto es hurtada a las soluciones de lo próximo.

De las leyendas negras y del contrabando calumnioso incentivado contra el reino más poderoso de la Edad Moderna, han dado buena cuenta la investigación y el análisis de la Historia. Pero aún respetando los testimonios indubitables, es difícil entender de qué sirven para la necesaria causa indigenista de hoy, cuyas teóricas culpas compartirían los grandes estados europeos y norteamericanos, por no hablar de las tiranías expoliadoras en el mismo seno de los países afectados.

De esa condición es, por ejemplo, Nicolás Maduro, gobernante en ejercicio con el discurso y las maneras de un cacique de aldea que arrastra y condena a su pueblo al neto subdesarrollo del hambre y la carencia de lo esencial: justamente las lacras que describen a ciertas comunidades indígenas, pero en una sociedad moderna con recursos naturales que deberían alinearla con las naciones prósperas. A saber qué piensan de Maduro los redentores indigenistas que agreden estúpidamente a Colón y a Fay Junípero. ¿Es un héroe o un villano? ¿autor o víctima de la postración de su pueblo?

El día de la fiesta nacional española, que también se llama de la Hispanidad, salieron de la lengua y los gestos del venezolano las expresiones habituales de quienes solapan sus responsabilidades detrás de un enemigo exterior en quien colgar la culpa universal. Estas innobles patrañas han alimentado movimientos fascistas, guerras y holocaustos. El maniobrerismo de la inextinguible ultraderecha aparece a veces como telón de fondo de las reivindicaciones nacionaleras, o camuflado en el frentismo de ciertos indigenistas que descubren de repente que todos sus abuelos a lo largo de cinco siglos han traicionado al ancestro original por el hecho de enaltecer a "genocidas" como Colón o Serra. Y si no traidores, fueron sumisos idiotizados.

Moral e intelectualmente penoso. Pero los activistas fachas no descansan, seguros de su contaminación psicológica entre los crédulos de buena o mala fe. Cuando baje la marea del problema español, ya se habrán difuminado. Pero el olor de su ideario será inconfundible.

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