01 de diciembre de 2017
01.12.2017

Contra los extremismos religiosos

01.12.2017 | 04:15
Contra los extremismos religiosos

Ha transcurrido un tiempo razonable desde que tuvieron lugar los atentados terroristas en Barcelona y Cambrils, que permite abordar serenamente algunas causas de lo sucedido. Lo políticamente correcto es afirmar que los musulmanes y su religión nada tienen que ver con el citado atentado. Esta afirmación no solo se hace en España, sino en toda Europa, incluso en EE UU, por las autoridades civiles y religiosas y por las comunidades islámicas. En el otro extremo del arco de opiniones se sitúa el extremismo islamófobo que criminaliza con carácter general a todos los musulmanes. Y el caso es que entre lo políticamente correcto y la islamofobia parece no existir espacio alguno para la reflexión.
No nos adscribimos a ninguna de las posiciones anteriores y creemos que sí existe un espacio de reflexión entre los extremos. Consideramos que sostener que el islam nada tiene que ver con los atentados terroristas tiene la misma falta de rigor que si dijéramos que las iglesias cristianas, católica, protestante u ortodoxa, nada han tenido que ver con la Inquisición, con las guerras de religión entre católicos y protestantes, o con el nacionalcatolicismo durante la dictadura franquista, y otras tantas derivadas de la ortodoxia, del fanatismo religioso, o de las disputas religiosas de variada índole que han tenido lugar en nuestro continente a lo largo de siglos.

Sí, el cristianismo tiene mucho que ver con la historia de la violencia en Occidente, decir lo contrario sería faltar a la verdad. Pero, desde el último tercio del siglo XVIII, tras la independencia norteamericana y la Revolución Francesa, ambas con luces y sombras, la religión se ha ido apartando lentamente de la escena pública y se ha ido situando en el ámbito de lo privado, al margen de sus manifestaciones costumbristas que abundan en el sur de Europa y en los países hispanos. No podía ser de otro modo, como consecuencia de la proclamación en las constituciones occidentales de la libertad religiosa, aunque rija en Occidente no sin problemas, pues son muchos todavía los rescoldos del fanatismo religioso entre nosotros que hay que combatir.

Los cambios de la posición de las iglesias cristianas en las sociedades europeas no es el resultado de una reconsideración y rectificación de errores por las mencionadas iglesias, en particular la Católica, que se han resistido y siguen resistiéndose a ser una religión más, y a dejar de influir en las decisiones políticas, incumpliendo la máxima de los Evangelios: «A Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar». Pero el caso es que los Estados occidentales han dejado de ser teocráticos como resultado de una conquista paulatina de los ciudadanos que han conducido, en España, a la Iglesia Católica al lugar que le corresponde, al ámbito privado de influencia, lejos de la supremacía social de que disfrutó hasta la Constitución de 1978 y la pretensión de estar en posesión de la verdad. Ámbito de lo privado que no debe interferir con la soberanía nacional que es ejercida por los poderes del Estado, como representantes de los ciudadanos.

En Europa no todo es jauja, después de la Segunda Guerra Mundial hemos sufrido terrorismo, pero en ningún caso terrorismo derivado de creencias religiosas. El terrorismo de origen europeo ha sido de otro tipo: nacionalista (ETA, IRA) o de ideologías antisistema en diferentes versiones y variantes (Grapo, Brigadas Rojas, Baader-Meinhoff). No es nada saludable el terrorismo europeo que hemos sufrido, que tiene su origen en ideologías que no sintonizan con las concepciones democráticas que rigen en Europa. Pero, una tras otra, las versiones del terrorismo europeo se han abortado por los poderes públicos, y por los ciudadanos, aunque nada hace presagiar que estemos libres de otros brotes relacionados con el nacionalismo-independentista, o con visiones extremistas de la sociedad.

El terrorismo yihadista es una manifestación del extremismo religioso islámico. Porque en el mundo musulmán existe un contingente considerable de personas, líderes, e incluso Estados, causantes de una guerra interna en el islam y una guerra de religión contra los que denominan infieles. No puede obviarse que el enfrentamiento entre las grandes ramas del islamismo (chíies, suníes y los extremistas salafistas) causa guerras y muertes de manera organizada. No puede obviarse que los seguidores de las distintas ramas del islam se profesan odio y son objeto de terrorismo mutuo. ¿Acaso no se parece, dicho enfrentamiento, salvando todas las distancias, al enfrentamiento entre protestantes y católicos que se iniciara con Lutero en Europa en el siglo XVI? Estamos hablando de lo sucedido hace quinientos años en Europa que, con otros vestidos, ahora se repite entre los musulmanes.

En el ámbito interno, los Estados islámicos son en mayor o menor medida teocráticos y, en consecuencia, salvo excepciones, no aceptan el principio de libertad religiosa tal como se entiende en Occidente. No deja de ser chocante que Arabia Saudí haya financiado las mezquitas más importantes construidas en España, y que en dicho país no pueda practicarse el cristianismo. Estados como Arabia Saudí, Catar y otros tantos, es sabido que financian o han financiado el terrorismo dirigido contra los Estados occidentales. E Irán, Irak, Afganistán y otros también han tenido un lamentable protagonismo en la financiación o el apoyo del terrorismo hoy liderado por el Estado Islámico y, en menor medida, por Al Qaeda.

No cabe duda de que gran parte, probablemente la inmensa mayoría, de los musulmanes que viven en Europa son pacíficos; no son responsables directos del terrorismo que sufrimos. Como fueron pacíficos la inmensa mayoría de los cristianos que convivieron con la Inquisición, o las guerras de religión. Pero a nadie se oculta que existen muchos modos de colaboración con el terrorismo; la pasividad es uno de ellos. Ya lo dijo el emperador romano Marco Aurelio en sus Meditaciones: «Muchas veces es injusto quien no hace, no solo quien hace».
En España hace muy poco tiempo que hemos vivido una dictadura y sabemos muy bien, los que vivimos en esa época, que el nacional catolicismo se pudo instalar con la aquiescencia y también con la pasividad de los ciudadanos, aunque nadie (ni siquiera la jerarquía católica) se haga responsable de lo sucedido. Los musulmanes que viven en Europa tienen un grado de responsabilidad considerable en los acontecimientos que vivimos en los últimos años, sin que sirva de justificación suficiente afirmar que los musulmanes son también víctimas o, más precisamente, que son las víctimas principales del terrorismo islamista.

Tenemos un problema muy grave y de muy difícil solución, pues los musulmanes tienen su propia cultura y religión, y no parece que quieran integrarse en la cultura europea, que no es otra que la cultura de los derechos fundamentales y las libertades públicas; y esto supone asumir que la libertad religiosa reclama situar a la religión en el ámbito privado, la igualdad plena de la mujer con el hombre y otros tantos derechos, libertades y concepciones que chocan con algunas lecturas que se practican del Corán. Los musulmanes en Europa tienen ante sí los retos de llevar su religión al estricto y respetable ámbito de la intimidad, y el de profesar la religión civil europea: la de los derechos fundamentales y las libertades públicas. Esa, que no otra, es la integración que debemos exigirles y exigirnos a nosotros mismos.

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