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Todavía inocentes

Al borde del fin de año, me gusta llamarlo más la Nit de Capdany. Me recuerda cosas como cenar con amigos con los platos traídos de casa. Y la cena caliente aún. Y un poco de Martini antes, un poco de cava después. Y la magia de las ilusiones todavía no perdidas

Pero como éste ha sido un año tan extraordinario en todo, el que no lo piense así que haga propósito de enmienda, me lanzo a señalar todo lo bueno que tenemos y a ver quién me lo discute a mí. El Palau de la Música va de maravilla y me parece que Manuel Muñoz (y nada de Ibáñez) sabe de sobra qué lleva entre manos y hay que programar para gentes diversas, de gustos y formación distintos. Claro que yo espero más Virgil Thomson y más Bowles (las obras inéditas, que propuse a esta casa nada pía y que ni contestaron -bueno no saben ni escribir- aunque Yaron Traub dijera sí con cierta admiración a mis saberes en este apartado). Y esperando a Ned Rorem, con su Mrs. Julia. También del mexicano Revueltas y del argentino Guastavino, ya diré por qué. Y de Villalobos, please.

Lo del Teatre Principal tiene arreglo, en parte, si se aclaran y van a lo bueno y corto dos veces bueno (gracias Gracian). Voluntad no le falta a Abel Guarinos, es suecano como Bernat i Baldovi, y le adorna mucho humor. ¿Para cuándo una ópera sobre Vicenteta de Favara? Me brindo con Amadeu Fabregat como libretistas. La idea es mía, como siempre. Vi Incendis, con Nuria Espert incluida, y poco más (de Terra Baixa ya vi demasiadas versiones). Manelic sería ahora Puigdemont, el caganer. Puede mejorar en nuestro primer coliseo, repartir está bien cuando sobra, este no es el Teatre Nacional ni el de las naciones y Comarques, Dios lo impida. Ahora deben dar las cifras del pasado ejercicio, audiencia, costes, y bien desglosados y qué costó y cobró cada cual. Mucha transparencia, ya que la predican. Y que cada palo aguante su vela.

Estoy disfrutando como un enano con el ciclo de Melville, qué magistral mi muy admirada Emmanuelle Riva, junto a Jean Paul Belmondo, irresistible. Felicito a los empleados y empleadas -menos a uno y él sabe porque- son de lo más corteses y lo que aguantan y han aguantado... El nuevo es un enchufado más.

Desde hace años los paisajes de Sorolla me han gustado, los que pintó en el norte español y los de Xàbia (donde yo iba mucho con Pepe Peris, con Bruno Broseta, y un largo etc. de caballeros andantes, en moto o en velero). Aunque los que hizo Francisco Lozano, los más primitivos, con ayuno y cuaresma de color, son extraordinarios en mi inmodesta opinión.

Soy recalcitrante y vuelvo por donde solía, he visitado últimamente mucho el Trinquet de Pelayo (no vale cambiarle el nombre a un rey que nadie sabe si existió o es leyenda). Quien no es leyenda, pero lo será, es Beltrán, el cocinero o chef -es de TorÍs donde mi madre y mi prima Vicenta Melià veraneaban en los años 20- va a por todas las medallas y estrellas. Y gana conocido de cerca. Le veo y aprendo mientras leo en la barra el New York Times en papel (si lo tengo cogido y abierto es que es sábado).

Voy por la Gran Vía, me atiende el dueño de El Coso, un gran profesional y la cocinera hace en su minúsculo cubículo una tortilla de ajos perfecta, él trae olivas partidas, que me enamoran y recordamos a Remedios la Bella y a su hijo, el pródigo, Toni Rodriguez Sellés, que se dedica a sus asuntos. No hay forma de desentrañarlos (se lo perdono: me llevó a Nápoles, a Venecia, a Florencia i a Milán en 1974). Ahí está Igual vol dir Italia, que le gusta a Vicent Maroto todavía.

Le doy mucha coba a Anna -ella es vasca y dura de roer- me debe una comida y siempre una cita en el cine. Pero el chico, tan listo como «enmarat» va primero. Vive donde vivía Rafa Gassent un tiempo. ¿Dónde no ha vivido el cineasta? ¿Quién hará un libro serio sobre él? Es hora ya, está talludito.

Y hablando de inocentes, pero menos que antes, mi amigo César Mateu, igual de alto y educado, pero ahora doctor cum magna laude, que vuelve del delta del Mekong y ha de leer Almayer Folly de Conrad. Un cava Codorniu le esperaba. Y para Francesca Duranti que me llama desde Villa Rossi una vez más, como desde 1992. Y un brindis por Edmund White, novelista y profesor en Princeton, que ha escrito una nueva novela, cortada al biés, para mí, Our Young Man. Éste es el mejor turrón.

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