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El gesto feminista

El intercambio generacional que muestra la vigencia del gesto feminista refleja cómo las mujeres se han ganado el respeto en la lucha por sus derechos y han avanzado para lograr la mejora y el bienestar de toda la sociedad. La lucha no nació del victimismo, sino de la vindicación de las propias mujeres para erradicar las desigualdades de género.

Las manos levantadas construyendo un triángulo constituyen parte de la herencia cultural que el feminismo ha dejado en el imaginario social desde los años setenta del siglo pasado. Se trata de un gesto que une las manos y junta los dedos pulgar e índice para simbolizar la forma de la vagina. Fue un gesto que nació espontáneamente en un congreso que se realizó en la Mutualité en París en 1971, en el que participaron Simone de Beauvoir y otras figuras de la intelectualidad de la izquierda política. En aquella ocasión, por el grupo feminista de Roma intervino Giovanna Pala, que fue quien de manera impulsiva realizó por primera vez el gesto triangular como mensaje feminista. Ella fue quien quiso marcar la diferencia, tal como lo recoge Laura Corradi, al ver a unos cuantos chicos en pie levantando el puño cerrado hacia el escenario. Con ello quería revertir el clásico puño en alto para así distanciarse de un tipo de política que no consideraba la dimensión política de lo doméstico. Aquella vez fue la primera manifestación de un gesto que es hoy fácilmente identificable con la denuncia de las injusticias de género. El mensaje irrumpió con fuerza en las manifestaciones colectivas, debido a su capacidad para hacer visible en el espacio público la subordinación que las mujeres sufrían en la esfera íntima familiar. Pero también su buena acogida se debió a la posibilidad que ofrecía para generar conexión y reconocimiento entre las mismas participantes. Su popularidad se extendió y el gesto terminó por adoptarse para visibilizar una problemática que hasta entonces había sido omitida y plantear así la subversión de un sistema social, económico, político y cultural basado en el patriarcado.

De este modo, en los años setenta del siglo XX, el feminismo italiano apostó por el feminismo de la diferencia. Por este motivo revalorizó los rasgos femeninos de sensibilidad, subjetividad y emotividad frente a los rasgos masculinos de frialdad, objetividad y racionalidad. Esto no quiere decir que admitieran necesariamente generalizaciones del tipo «las chicas son de un modo y los chicos de otro», sino que incidieron en que las niñas no se adaptaran a lo masculino como si fuera lo mejor y lo más deseable para ambos sexos. En realidad trataron de luchar contra la subordinación de lo considerado femenino frente a lo considerado masculino y, en esa línea argumentativa, articularon las reflexiones sobre la relaciones de poder en base a propuestas creativas y pacíficas, muy críticas con un modelo de desarrollo económico que ejercía mayor violencia sobre las mujeres por ser más vulnerables. En este sentido, el feminismo de la diferencia veía la conexión existente entre el trabajo productivo con el reproductivo y denunciaba la explotación de la mujer-ama de casa, devenida en una obrera sin salario. En definitiva, insistieron en reivindicar lo que las mujeres han aportado a la vida en común, en no confundir el amor con el privilegio de ser servido y en que se valorara la ética del cuidado y la forma de resolver los conflictos de manera cooperativa y dialogante.

Si he querido hoy recordar la génesis del gesto feminista es por la fuerza simbólica que posee una masa de personas exhibiendo un gesto colectivo que reivindica la energía creadora femenina y porque en las manifestaciones que tuvieron lugar en 2017, sobre todo en la del 8 de marzo y la del 25 de noviembre, el gesto del triángulo volvió a resurgir con fuerza. Fue un año, donde al manifestarse por una sociedad más igualitaria, se han visto complicidades intergeneracionales que han potenciado de nuevo este gesto como símbolo de resistencia al sistema patriarcal. Un año que comenzó con las marchas de mujeres contra Donald Trump y que continuó con la campaña #Metoo denunciando el acoso hacia las mujeres.

Es un hecho evidente que las nuevas generaciones han reactivado este gesto. Y precisamente este intercambio generacional que muestra la vigencia del gesto feminista refleja cómo las mujeres se han ganado el respeto en la lucha por sus derechos y han avanzado para lograr la mejora y el bienestar de toda la sociedad. Una lucha que no nació del victimismo, sino de la vindicación de las propias mujeres para erradicar las desigualdades de género. Sin embargo, a pesar de todo lo logrado, el feminismo aún necesita de mucha pedagogía. Por eso no está de más que ahora, en los albores de 2018, cuando celebramos el comienzo de un nuevo año, no se abandone el empeño político por extender la coeducación al ámbito familiar, mediático, lúdico y escolar. Sólo así, desde la convicción de una nueva revolución humanista, que alerte a las mujeres de no caer en la mimetización de modelos masculinos prepotentes y que, al mismo tiempo, enseñe a los varones la corresponsabilidad doméstica y familiar, se invertirá la tendencia a infravalorar las tareas, destrezas y virtudes adjudicadas por imperativo patriarcal a las mujeres. Nadie dijo que fuera fácil o sencillo, pero ni la dificultad ni la complejidad son excusa ni eximente para abandonar el reto de construirnos en igualdad y en diferencia y de este modo alumbrar un nuevo proyecto de vida en común. Después de tantos esfuerzos compartidos, es de justicia seguir intentándolo puesto que, al fin y al cabo, el gesto feminista deja un espacio abierto que imita el canal del parto para el nacimiento de un cambio fundamental de mentalidad entre lo masculino y lo femenino.

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