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Matías Vallés

Trump revoluciona la política mundial

Desde la Casa Blanca que odia porque le parece un fonducho sin estrellas ni lustre, Donald Trump ha revolucionado la política mundial. Ha afinado la puntería de Twitter, que hasta su advenimiento languidecía entre los balbuceos de jóvenes iletrados y la prosopopeya de viejos difusos. Sobre todo, ha liquidado la diplomacia secretista, compendiada por Henry Kissinger en un tomo magistral. El rey del planeta denuncia que los restantes jefes de Estado también están desnudos.

Contabilizando solo la primera semana de 2018, el hiperactivo Trump declaró la guerra a Irán, a Paquistán, a Corea del Norte y al cambio climático, reclamando un aumento inmediato de las temperaturas. Se expresa con la facundia de los demagogos, pero dinamita la coraza impuesta por la burocracia a las relaciones internacionales. De ahí que se le reproche con más vigor su pirotecnia verbal que el contenido de sus mensajes.

Por ejemplo, el Times londinense admite a regañadientes que Trump "a veces suelta verdades". Y cita como ejemplo de acierto esporádico "la observación de que Paquistán es un aliado poco fiable". Sin embargo, una constatación de este tipo "sería mejor transmitida por otros canales". Resulta cuando menos chocante que un medio de información abogue por la ocultación a los ciudadanos de verdades políticas esenciales, que por lo visto deben relegarse a las cumbres en habitaciones llenas de humo. El estupor crece al recordar que el propietario del periódico citado se llama Rupert Murdoch, en cuyo imperio se pirateaban teléfonos para violar comunicaciones privadas.

El mundo necesitaba la simplificación lingüística acometida por Trump, aunque hubiera sido preferible en manos del Obama que se limitó a sestear en la Casa Blanca. Si Murdoch le acusa de deslenguado, algo estará haciendo bien. Sobre todo, su opción por atajar perífrasis se ha contagiado a jefes de Estado más elaborados. En la reciente visita de Erdogan a París, el presidente Emmanuel Macron descartó sin delicadeza ante su huésped el ingreso de Turquía en la UE, por la pobre gestión de los derechos humanos en dicho país asiático. Antes de Trump, este lenguaje directo y desacomplejado hubiera sido inverosímil.

De hecho, la furia de Trump contra el libro de Michael Wolff se debe a que la glotonería del presidente no le permitirá jamás perdonarse que un maldito periodista le arrebatara tan extraordinaria idea editorial. Y que para más inri la titulara con el emblema de uno de su tuits.

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