24 de febrero de 2018
24.02.2018

Elliott Smith, un genio sin club

24.02.2018 | 04:15
Elliott Smith, un genio sin club

Tenemos un gusto casi obsesivo por los aniversarios, buscando el cero o el cinco al final de tal o cual fecha para festejar algo. Dicen que recordar una experiencia es disfrutarla dos veces. Al menos, si es positiva. Y esa es la cuestión, recordar. El próximo 21 de octubre se cumplen quince años de la muerte del cantautor americano Elliott Smith. He encontrado la efeméride perfecta, aunque aún falten unos cuantos meses, porque lo que más me interesa es hablar de este músico quebradizo, adicto al alcohol y a los antidepresivos, considerado genio por muchos en su ciudad natal de Omaha.

Aunque parezca una paradoja, quizá fuera la depresión o la proximidad al abismo la musa que inspiraba a Smith sus canciones. Temas compuestos para disfrutar en cualquier momento, pero, especialmente, en los peores. Elliott -ni siquiera era ese su nombre, pero cambió su Steve natal por considerarlo ridículo- fue un genio musical, sí, pero un genio sin club. Si hubiera muerto a los 27 años, sería citado cada vez que se hablara de Jim Morrison, de Jimi Hendrix, de Janis Joplin? o de Kurt Cobain. Pero aquel 21 de octubre de 2003, cuando su novia lo encontró tendido en el suelo con un cuchillo en el pecho por voluntad propia, había superado la cuenta: tenía 34. Otra desgracia más para su currículo.
Aquel tiempo «extra», sin embargo, le permitió completar una carrera musical de una década y grabar seis álbumes de estudio. El último, incompleto, fue editado de manera póstuma por expreso deseo de su novia. Su precoz camino por la música había comenzado a los catorce años, cuando se lanzó a grabar innumerables maquetas en casete. La madurez llegaría en febrero de 1997, con la publicación del disco Either/Or. La pizca de fortuna que siempre le había faltado apareció entonces: varias de sus canciones fueron seleccionadas para la banda sonora de la película El indomable Will Hunting, con composiciones maestras como «Between the bars o» «Angeles».

Uno de aquellos temas, «Miss misery», optó al Oscar. Un apesadumbrado y tímido Elliott interpretó en directo aquella canción en la gala cinematográfica, con tanto miedo como el niño que representa una obra de teatro en el colegio y apenas si dirige la mirada al auditorio por miedo a localizar a lo suyos. Un huracán llamado Titanic barrió los galardones y la canadiense Céline Dion le arrebató el de mejor canción. Pero, en realidad, la estatuilla se la llevaron sus fans. Su música, quince años después, sigue alumbrando el camino de cientos de miles de almas, sobre todo, en los malos momentos.

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