05 de marzo de 2018
05.03.2018

Se quieren cargar los emoticonos

04.03.2018 | 20:37

Los grandes inventos de la Humanidad, los de ahora, ligados a las nuevas tecnologías, duran de media cinco años. No desaparecen en sentido estricto pero la marea TIC los lleva por delante con saña. Como ejemplo: aquellos usuarios que cumplieron ya los cincuenta se encontraron un día en su centro de trabajo con algo que se llamaba fax y que iba a revolucionar el mundo. Duró poco, aunque siga siendo posible -aunque ya muchas veces inútil- enviar algún documento por dicho conducto.

Hay en esto de las técnicas de comunicación una suerte de muerte lenta, que los humanos también experimentamos con enorme dosis de dramatismo. Quiero decir que el corazón sigue funcionando pero un mal día te das cuenta de que estás de más, de que pasas a formar parte de un equipo secundario, de que dejas de ser parte nuclear de una persona. Del "in" al "out" sin solución de continuidad. Es la vida.

La aplicación Whatsapp nació en 2009 y hoy es utilizada por no menos de 1.200 millones de personas en el planeta. Es el 16% de los terrícolas, capaces de enviar todos los días cerca de 60.000 millones de mensajes. Vienen a ser unos 700.000 cada segundo.

Escribimos compulsivamente pero nos aseguran que el texto se muere. Lo dice Facebook, la multinacional que compró Whatsapp en 2014 por la nadería de unos 17.000 millones de euros. Facebook le da al mensaje convencional actual unos diez años de vida, pero puede que sean cálculos excesivamente conservadores. La voz sustituirá al texto como, todavía en pequeña escala, está sucediendo ya. La voz y la imagen, punto y seguido de un planeta interconectado hasta el hacinamiento.

El wasap es un sistema cómodo para emisor y receptor. De cada cien mensajes que envío, en 99 de ellos no siento necesidad de ver la cara de mi interlocutor. En el sistema wasap nos disfrazamos y mimetizamos con el paisaje TIC. Enviamos y recibimos desde un universo de relativo anonimato, sin necesidad de ser rehenes de la imagen.

La imagen nos descubre, nos desnuda. A nuestra imagen la vestimos de emoticonos y con ellos jugamos a ser irónicos, cómplices, chistosos, mordaces, tristes o alegres, atareados u ociosos. El emoticono es el poco sutil sucedáneo de nuestras emociones, lo suficientemente superficial como para no dejarnos en la más brutal evidencia.

Con la voz de por medio, y con la imagen en pantalla pequeña de nuestro ánimo cotidiano, los emoticonos perderán vigencia, pero quizá ya no nos atrevamos a mantener el mismo nivel abrumador de mensajería. Recién salido de la cama, en lucha singular contra las legañas y abrazado aún a la bolsa de agua, las ansias por dejarse ver en la red de redes suele ser escasa, salvo casos irresponsables o exhibicionistas patológicos.

-Espera a que me duche, y ya te contesto.

Abrir de par en par las ventanas de nuestra vida es fundamentalmente una costumbre de muy mal gusto, al margen de los riesgos que comporta. La imagen y el sonido abren esas ventanas, pero puede que sea inevitable la exposición. Los emoticonos de wasap son sólo una parte del ritual de signos alrededor de la aplicación, y quizá no los más importantes. El wasap que se envía y que el destinatario recibe pero no abre. El wasap que el destinatario abre (y se supone que lee) pero no contesta? El me quiere o el no me quiere dependen de un icono doble azul de recepción. Con los SMS -¿alguien se acuerda de los SMS?- estas cosas no pasaban. Era tecnología de otro siglo.

Soy capaz de wasapearme con el diablo, pero me apetece poco hablar con él. El wasap es un "buenos días" de ascensor, mientras que exponerse en cuerpo presente y voz sonante nos aboca a una conversación que supone un plus de obligación comunicativa, aunque hablemos del estado meteorológico.

-Hoy parece que va a llover.

-Sí, tiene mala pinta.

-¿Y tú? Te veo triste. ¿Te ocurre algo?

Y ya la fastidiamos.

-No te preocupes. Cuelga que ya te mando un emoticono y te lo explico.

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