09 de marzo de 2018
09.03.2018

Vengan a ver lo que no quieren ver

10.03.2018 | 00:40
Vengan a ver lo que no quieren ver

Desde que se proclamó en Francia la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano hasta que las mujeres consiguieron el voto, hubo que esperar casi doscientos años. Y eso que el lema de aquella revuelta, todo un hito en la historia de la humanidad, era nada más y nada menos que «libertad, igualdad y fraternidad». Siguiendo la estela de aquella revolución, nuestra Constitución consagra la igualdad de los españoles ante la ley sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razones de sexo. Sin embargo, al día de hoy, cuarenta años después de su promulgación, la brecha salarial entre hombres y mujeres, por ejemplo, sigue estando por encima del 20%. Y no es ésta la única injusticia que sufren las mujeres.

Poco importa lo que digan las leyes, por lo que parece. Existe un poder por encima de ellas, oculto y ancestral, que convierte en papel mojado incluso derechos reconocidos. ¿Alguien podría justificar hoy en día, sin caer en el más espantoso de los ridículos, por qué en 1945 había todavía en el Parlamento francés, en una democracia tan consolidada y social como aquella, una mayoría de senadores que se negaba a reconocer el derecho al voto de las mujeres? Y eso que las feministas de la época no hacían otra cosa que enviarles escarpines en los que escribían: «No os preocupéis, aunque nos concedáis el voto seguiremos remendando vuestros calcetines».

El oprobio que pesa sobre aquellos padres de la patria es un estigma que los perseguirá siempre, pero no sólo a ellos. Lo que aquellos legisladores no quisieron ver ni reconocer, esa resistencia a perder derechos de dominación sobre el otro sexo, es una ignominia que también nos perseguirá a nosotros en el futuro si no acompañamos a las mujeres en su lucha por la igualdad.

Es verdad que, como afirma un personaje de la novela de Maalouf, Los desorientados, en cada época hay cosas que los hombres no son capaces de ´ver´, y la nuestra no es una excepción. Aspectos de la realidad que les resultan inconcebibles o ´invisibles´. Algo así como unos ´puntos ciegos´. O utilizando nuestra terminología, ´ángulos muertos´. Como si no pudieran o debieran entrar en nuestro campo visual. Injusticias que aceptamos como sociedad, como si formaran parte del orden natural del mundo.

Pero eso, si alguna vez ha valido para discriminar a las mujeres, ya no vale. Ya no vale que Rajoy, como aquellos senadores ´ciegos´, cuando se le pregunta sobre la desigualdad salarial entre hombres y mujeres se despache diciendo: «No nos metamos ahora en eso», porque no considera que sea un asunto que competa al Gobierno.

A las mujeres les ha ocurrido a lo largo de la historia como a tantos otros grupos humanos cuyo sufrimiento ha pasado ´desapercibido´ o ha sido premeditadamente ´invisibilizado´. Basta recordar los atropellos sufridos por la población indígena en la conquista de América, la segregación racial de la población negra en Estados Unidos y en la Sudáfrica del apartheid, o la persecución de homosexuales.

El combate que no cesa de las mujeres es una lucha más por la libertad. Un combate que empezó hace tiempo y que sigue la estela de las sufragistas y de las feministas que defendieron el derecho a la contracepción o la despenalización del aborto. En juego sigue estando, como constata la historiadora Michelle Perrot, el derecho de las mujeres a apropiarse de su cuerpo y de su voz. De ahí que sea tan importante que convoquen huelgas o manifestaciones como la de mañana, 8 de marzo, en España y en todo el mundo, para visibilizar las injusticias que sufren. Entre ellas, la violencia de género, la desigualdad estructural, la brecha salarial, la mayor precariedad en el empleo, el techo de cristal que bloquea el ascenso femenino a puestos de poder o el trabajo abusivo en casa.

Para hacer visible lo ´invisible´, en suma. O parafraseando al cantante Luis Pastor, para que vayamos a ver lo que no queremos ver.

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