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Italia, Europa y nosotros

En algunos círculos diplomáticos, se ha acusado al papa Francisco de haber promovido con sus discursos el creciente flujo de inmigrantes hacia las costas de Italia. El expresidente del Senado italiano Marcello Pera fue aún más lejos cuando, el año pasado, en una entrevista concedida a un matutino napolitano, afirmó que las palabras de Francisco se encontraban "fuera de toda racionalidad" y que sólo se entendían si pensábamos que el pontífice "detesta Occidente [y] su objetivo es destruirlo". Son declaraciones ciertamente exageradas, pero que reflejan una doble preocupación: en primer lugar, por la personalidad política -más que religiosa- del pontífice argentino; y, en segundo, por los efectos desestabilizadores de un shock migratorio descontrolado sobre las sociedades. La primera cuestión puede inquietar a los creyentes, según sus convicciones; la segunda, en cambio, apela al conjunto de la ciudadanía y se refiere a un relato del miedo que empieza a impregnar Occidente y uno de cuyos veneros es el temor a las consecuencias de las oleadas migratorias. Las últimas elecciones italianas constituyen un ejemplo de ese recelo, que se suma al crecimiento continuo de la extrema derecha en los países centrales de la Unión -Alemania y Francia, por citar dos casos; aunque también en el Este- o del alza de los movimientos de extrema izquierda en toda la cuenca europea del Mediterráneo. Se trata de fuerzas políticas caracterizadas por un discurso resoberanizador, antieuropeísta, de espíritu profundamente divisivo y ajeno a los principios liberales del parlamentarismo, que explota las múltiples narrativas del miedo que recorren nuestra época. En las elecciones italianas del pasado domingo, ganaron la extrema derecha y la extrema izquierda, los eurófobos y los que temen a los inmigrantes. Un país ya de por sí complejo e inestable políticamente, como es el caso de nuestro vecino, ha visto como la figura reformista de estos últimos años, Matteo Renzi, ha pasado de ganar unas europeas en 2014 con un 40 % de los votos a perder cerca de la mitad de su apoyo cuatro años más tarde, constatando así la derrota histórica de la izquierda clásica en su país. Entre la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas, Italia ha decidido dar la espalda -al menos durante esta legislatura, que puede ser corta- a las necesidades de reforma de la Unión. En este sentido, el fracaso de los partidos de la estabilidad ha sido mayúsculo y augura lo cerca del abismo que se encuentra todo el proyecto europeo, el cual ahora -tras la marcha prevista del Reino Unido y con los distintos populismos que gobiernan en los países del Este- pasa a depender más que nunca de la dirección de Berlín, París y, paradójicamente, de ese extraño punto de equilibrio que representa Madrid. España, un Estado paralizado, con profundas tensiones territoriales, víctima de los defectos de una partitocracia y de la corrupción extendida y cuyo sector financiero tuvo que ser rescatado hace unos años; pero que, a pesar de todo, sigue actuando como un pivote de responsabilidad a favor de la construcción europea en momentos aciagos. No es mucho, aunque algo es algo. Los resultados de Italia -el tercer país en población y PIB de la zona euro- reflejan que el tiempo de reacción es limitado y que no se puede permitir que la parálisis comunitaria continúe segando el futuro de los europeos. Y ello exige afrontar con realismo muchos de nuestros miedos -políticos, económicos, sociales y culturales- antes de que los populismos invadan con sus falsas promesas nuestra vida cotidiana.

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