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Crónica de una jornada anunciada

Se sabía que iba a ser una jornada histórica y que un clamor multitudinario feminista recorrería las principales ciudades del país. Fue un protesta transversal que tuvo la forma de paro parcial, de huelga, de concentraciones matinales y de todas las manifestaciones que por la tarde inundaron las calles como una marea humana imparable que reivindicaba los derechos de igualdad para las mujeres. Fue una ola violeta que arrasó a quienes días antes descalificaron y minimizaron el anuncio de las movilizaciones. Pero sobre todo fue un éxito de la sororidad existente entre las mujeres que se unieron con independencia de las procedencias ideológicas y del feminismo en el que se militara. Las noticias no se hicieron esperar y al poco de producirse se hablaba ya de una manifestación feminista sin precedente en España comparable a la manifestación de no a la guerra de Irak. Se hablaba incluso de una revolución a la manera de primavera feminista. Hay que recordarlo a quienes, en un alarde de ceguera temeraria, no tuvieron la sensibilidad social necesaria para ver que el feminismo, que tiene ya doscientos años de existencia, es hoy una cuestión actual para el debate político. No se puede estar de espaldas ni omitir que lo que está pasando hoy en el mundo es el despertar de las mujeres reclamando para ellas los mismos principios políticos de igualdad y libertad que tienen los varones. Y lo hacen como una demanda colectiva que, más allá de unas pancartas y de unas marchas puntuales, mantiene el convencimiento de la necesidad de seguir empoderándose. Y eso es lo que las mujeres, de todas las edades y de todos los lugares, van a seguir haciendo porque el 8 de marzo de 2018 es ya una fecha en la historia del feminismo que anuncia una etapa pórtico, un punto de inflexión, un antes y un después.

Esta respuesta masiva solo se comprende si se sabe que el feminismo, como teoría crítica de carácter ilustrado que aboga por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, comenzó hace más de dos siglos con esa otra Ilustración, diferente a la de Voltaire y Rousseau, que defendieron Olympe de Gougues, con su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana (1791) y Mary Wollstonecraft con la Vindicación de los derechos de la mujer (1792). Desde entonces son ya varias olas las que el feminismo lleva avanzando. La última en concreto se da en los años noventa del siglo pasado y en los países en los que ya se ha incluido una cierta igualdad entre hombres y mujeres. En esta etapa en la que estamos, el interés consiste en averiguar porqué la igualdad legal, conseguida en gran parte de los países desarrollados, no ha producido aún una igualdad real.

Junto a ello, en un esfuerzo autocrítico, este llamado feminismo occidental ha abierto la mirada a otro tipo de realidades en las que las mujeres sufren mayores restricciones en sus derechos y libertades civiles y políticas. Ahora bien, en todas partes del mundo, al feminismo se llega antes por experiencia que por comprensión teórica, puesto que entender el patriarcado como un sistema de poder pasa en un principio por la toma de conciencia de las vivencias cotidianas de las mujeres. Ser conscientes de la desigualdad agravada, en mayor o menor medida, según el área geopolítica en la que se viva es un primer paso, no suficiente pero sí necesario. La mera denuncia, no suprime de inmediato la opresión y diciendo que el patriarcado es la causa de la desigualdad histórica con la que se ha construido las relaciones entre los sexos, no provoca la caída de la estructura patriarcal ni anula las inercias machistas, pero es el primer momento que se cumple en el pensamiento antes de pasar a la acción que siempre es más difícil y que exige una valentía mayor.

Por este motivo, el quid de la cuestión es preguntarse ¿y ahora qué? Esta demanda multitudinaria ¿va a quedar en una mera gesta testimonial o va impulsar de manera efectiva políticas de igualdad? Desde luego, no parece que las mujeres hayan reclamado ser ciudadanas en igualdad para que todo quede en una performance intergeracional sin consecuencias en el cambio social. Sobre todo, porque el feminismo es a escala global un sistema de empoderamiento sin vuelta atrás. En España este proceso exige medidas concretas para que se cumpla la Ley Integral de Igualdad de 2007. Una ley que contempla medidas más propositivas que punitivas y que después de una década sigue sin hacerse efectiva. Hace falta desarrollarla de forma reglamentaria y dedicar partidas presupuestarias para que se lleve a cabo su cumplimiento. Este parece ser el mandato del pasado 8 de marzo a toda la clase política que, empezando por el Gobierno, tendría que recoger el testigo. De no hacerlo, caería en el error de infravalorar la fuerza transversal con la que ha despertado el feminismo que en estos momentos de la historia está más vivo y activo que nunca.

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