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Matías Vallés

Cero candidatas a presidenta del Gobierno

La información no es afirmación, sino contraste. Un par de meses atrás, habría resultado capcioso por estadístico detenerse en la masculinidad exultante de los inquilinos pasados y futuros de La Moncloa. En cambio, una semana después de la mayor concentración feminista de la historia de la humanidad, la convicción de que España no tendrá una presidenta del Gobierno resuena como un agravio adicional. Adquiere ribetes de escándalo.

En el Congreso actual hay una única mujer al frente de un partido y Ana Oramas se representa solo a sí misma en Coalición Canaria. Al margen de la paridad en las listas impuesta por ley, la aplastante cuota de diputados elegidos bajo un caudillaje masculino es de 349 a 1. Un dato esperanzador, en el sentido de que resulta harto difícil empeorarlo. Sin embargo, ninguna estimación permite apostar por una alteración inminente en dicha proporción.

La elección unánime de candidatos masculinos hermana a los partidos españoles y a los catalanes, por encima de ideologías o disquisiciones geográficas. El impacto del 8M no ha modificado la convicción de que los cabezas de lista en las próximas elecciones seguirán siendo hombres, pese al compromiso feminista exteriorizado por los partidos. En un acto de flagrante hipocresía, a juzgar por su esterilidad práctica. Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera no han aportado ningún indicio de que las manifestaciones masivas les hayan impulsado a delegar en Soraya Sáenz de Santamaría, Susana Díaz, Inés Arrimadas o Irene Montero.

Los partidos nacionalistas sin opciones de llegar a La Moncloa también reservan el número uno a varones. Se trata, pues, de un apriorismo sin ninguna conexión con las expectativas. Se multiplica así el número de listas con liderazgo masculino. Ningún productor de Hollywood franquearía hoy un guion con una docena de cansinos protagonistas masculinos, sin la réplica de ninguna mujer. En efecto, doce eran los apóstoles, pero la última película sobre la fundación del cristianismo se titula María Magdalena.

Si las gigantescas manifestaciones feministas no se trasladan a los carteles electorales, la próxima campaña consistirá en un acuartelamiento de candidatos masculinos que a cada paso renuevan su fe en la igualdad de oportunidades y su compromiso con la brecha salarial. Alguno incluso expresará su indignación por la ausencia de mujeres, mientras cocea entre bastidores a las que aspiran legítimamente a desplazarle.

Felipe VI era príncipe de Asturias en 2006, cuando departía con los periodistas junto a Letizia Ortiz. Se le preguntó si estaba a favor de una reforma constitucional que eliminara la preeminencia del varón en la sucesión al trono. Respondió afirmativamente, «pero ahora nos toca a nosotros», agregó con comprensible ansiedad. Ningún alma caritativa pondría en duda el feminismo adquirido por Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera, pero ahora les toca a ellos. Siempre les toca a ellos.

Nadie sueña con la paridad en la cúpula del Ibex 35, o entre los aspirantes a La Moncloa. Se trata de que exista al menos una mujer que pueda hacer campaña en condiciones de proclamar sus aspiraciones a presidir el Gobierno. Que tenga un papel protagonista frente a las urnas. Dentro del cuarteto de varones muy feministas, sobresale el fenomenal codazo de Rivera a Arrimadas, la candidata a la que desearían votar en todo el país por encima del líder de Ciudadanos fugado de Cataluña. Aunque siempre puede alegar que el primer catalán debe preceder a la primera mujer, «ahora me toca a mí».

También costaría convencer al electorado de que Sáenz de Santamaría, la impulsora de la triunfal operación de diálogo con Cataluña, sufre menos erosión o contaminación que Rajoy. Sin embargo, la lista no se acaba con ella. Y todavía peor, da la sensación de que una candidata a La Moncloa tendría que ser nominada por varones, con los criterios deleznables detallados en la desgraciada conversación privada entre altos cargos de ERC.

Ojalá fuera una limitación que solo afecta al ámbito estatal. Desde el 21 de diciembre se ha propuesto a dos candidatos frustrados a la Generalitat, y no precisamente por la reiteración de que ambos fueran varones. Todo apunta a que el tercer aspirante cumplirá con la dotación cromosómica dominante. Dado que han de pasar el control del Supremo, el juez Llarena haría un gran favor al feminismo si en un auto recomendara a una mujer para presidir Cataluña.

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