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El patriarcado también está dentro

El pasado 8 de marzo, en la plaza del pueblo donde vivo, medio centenar de mujeres se reunieron a apoyar la causa morada. Fue bonito encontrarse, abrazarse y sentirse fuertes juntas. Vi a mis hermanas hermosas y decididas, y sé que tengo un mundo por aprender de ellas. Han hecho historia. Pero si nos quedamos en la autocomplacencia no vamos a avanzar más allá, y creo que hay puntos ciegos que podemos mirar juntas.

En los pueblos y capitales de este maltrecho país nuestro ha entrado en acción una inteligencia colectiva potente pero que trabaja como un engranaje que gira loco. El mecanismo está desconectado del pesado motor que allí abajo, en el sótano de cada una de nosotras, dirige inconscientemente nuestros pasos por los trayectos cotidianos del Patriarcado menos evidente.

Porque la oscuridad no solo está ahí fuera. Hermanas, sabemos que el patriarcado está en el interior de ellos, pero más importante es que también está dentro de nosotras, a todos nos han tatuado a fuego la ley del más fuerte. Y aquí me llega el turno de sentir vergüenza. Porque he empezado a detectar las huellas del sistema de dominación en mi propia psique, y están por todas partes. Llega el momento de desnudarse un poquito para poder saber al menos por dónde empezar a limpiar. Y confieso que tengo mucha roña personal, pero afortunadamente para mí el espacio para estas letras es limitado.

Con incomodidad he descubierto que una de las trabas que he heredado del patriarcado es una cierta inseguridad que se me activa en dinámicas grupales. Ahora, consciente de este vicio mío de sentirme rara, sola y excluida y pasar a rechazar aquello a lo que no sé cómo pertenecer, veo que he juzgado de miopes las manifestaciones y consignas feministas más duras de años anteriores, sin llegar a entender el dolor profundamente arraigado en el corazón de las mujeres que las gritaban.

Y aunque hoy siga sin colocarme bajo las pancartas más agresivas, he empezado a ver que los gritos desesperados, e incluso agresivos, de muchas mujeres no tienen que ver con posiciones ideológicas, sino con heridas emocionales. Y el dolor de un ser humano es lo último que se puede juzgar.

Como todos los dolores personales, estos feos vicios míos no son tan exclusivos como pueden parecer a primera vista: cuando nos sentimos fuera de algo tendemos a juzgarlo negativamente para atenuar un poquito el dolor de no ser parte. Después de todo, es normal querer protegerse, porque cuando nos creemos excluidas se activan dolorosas vivencias infantiles, hoy ya inconscientes, de soledad, vacío y separación de la fuente del amor y el bienestar. Y creo que esto no solo me ocurre a mí, sino que algo así les pasa también a muchos de los hombres que no han entendido una palabra de todo este movimiento de mujeres.

Sospecho que gran parte del rechazo al movimiento feminista tiene que ver también con el miedo a la pérdida. Y no se trata solo del miedo de los hombres a perder su posición privilegiada, sino que tiene que ver con un miedo más profundo, el de ser invadidos y arrasados en nuestro territorio emocional por un poder más fuerte. Un poder que está emergiendo, aún en bruto, del pecho y los vientres de las mujeres, que nos activa a muchos un miedo antiguo a desaparecer bajo los cascos del conquistador.

No es un miedo absurdo, es la huella inconsciente de los miles de años de historia patriarcal en que los nuevos poderes, al alzarse, aplastaban a los representantes de los regímenes anteriores. Ante esto, quizá las mujeres podamos pensar en cómo empoderarnos sin represalias, buscar cómo hacernos fuertes desde fuera de la dinámica de dominación que define a nuestra sociedad.

Hay otro asunto en este 8M que me ha inquietado y que tampoco ha ocupado páginas ni pantallas, y son las niñas. Dejar de ejercer como madre durante un día puede haber sido para nuestras hijas e hijos una fiesta que recordarán con cariño o una pesadilla en que se sintieron abandonadas en un lugar extraño donde no conocían a nadie.

Todo depende de si nosotras, las madres, estamos comprometidas con el bienestar emocional de nuestras hijas o si estamos más ocupadas en ponernos a nosotras mismas primero. Si hemos apostado por hacer una demostración de fuerza en la que utilizamos a los pequeños como arma, nuestras hijas habrán sentido una sutil amenaza, la demostración de la condicionalidad de los cuidados maternos. En este caso, hemos endiñado los platos rotos al eslabón más débil. Y eso a mi entender es antifeminista. Pero no pasa nada: si estamos dispuestas a sentir el dolor de nuestras hijas, podemos hacer por repararlo.

Abundando en la visión que este 8M ha dado de la maternidad, no creo que los cuidados sean un trabajo. Creo que son mucho más. Cuidar a un hijo es una expedición al fin del mundo, una invitación urgente a romper y traspasar los rígidos límites de nuestro corazón, el viaje más loco que jamás podamos emprender. No es un trabajo, es harina de otro costal. Ni estampidas para probar cómo sería con otra empresa, ni bajas, ni medias tintas. Y sin embargo, ¿deberíamos recibir un sueldo las madres por cuidar a nuestros hijos? Firmo que sí.

Frente a la exclusión de las niñas y niños del epicentro del 8M, propongo que las mujeres con hijos pequeños nos adueñemos de las calles sin sentir que la presencia de nuestras niñas menoscabada nuestra integridad como mujeres. Propongo que la teta se declare en rebeldía y no se avergüence nunca más.

Pero vayamos más allá: probemos a dejar de tildar a nuestros niños de tiranos, abandonemos este desprecio patriarcal a sus demandas desesperadas de atención y amor; acerquémonos a una realidad en que los y las niñas no sean privados del contacto con su madre o su padre, en régimen de libre elección. Pensemos en dejar de vetar a las niñas en las actividades laborales o comunitarias. Y examinemos si la maternidad es necesariamente tan castradora como nos han hecho creer.

Porque si nos comprometemos verdaderamente con nuestras hijas, es imposible no comprometernos en la misma medida con buscar nuestro propio y verdadero bienestar. No el bienestar de poder ir de copas por la noche, sino el que surge tras una búsqueda profunda, un viaje interior que comprenda las partes de nosotras mismas que se han ido quebrando desde nuestra infancia.

Entonces, una vez que seamos un poquito más conscientes de cómo opera el patriarcado en nuestros rincones más íntimos podremos ir liberándonos de los viejos patrones y seremos más compasivas con nosotras y con nuestros hijos. Después de hacer conscientes las mutilaciones emocionales que hemos sufrido a lo largo de nuestra historia personal, quizá los niños de hoy puedan empezar a percibir a sus madres más completas, más comprometidas y sin embargo más libres. Es la mejor garantía para que las niñas y niños de hoy dejen de crecer bajo la dominación patriarcal. Es la mejor inversión para prevenir las violencias del mañana.

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