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De afectividades maduras

Esta Pascua he revivido una estampa de hace años. La de unas cuantas personas mirando de reojo, cuchicheando y compartiendo risitas al ver a una pareja de personas mayores dándose arrumacos en público. Hace tiempo fueron dos extranjeros apoyados en la pared de una callejuela. Se abrazaban y besaban como si no hubiera un mañana. Hace unos días eran unos mallorquines. Estaban en un restaurante y para ellos el mañana tampoco importaba demasiado. La experiencia me ha hecho pensar en dos cosas. La primera, que el binomio persona mayor y expresión pública de pasión es casi invisible. La segunda, y última, es que vaya una pena. En realidad la única razón por la que la gente les miraba era porque tenían algunas canas y varias arrugas.

Una de las cosas buenas de estos días de atrás es que algunas hemos tenido mucho tiempo libre. Por eso me he enterado por diferentes medios, algunos de ellos considerados serios, que la modelo Heidi Klum, de 44 años, tiene nuevo novio. Lo resaltable de este notición es que él es más joven que ella. Tener tiempo libre me ha permitido consultar artículos sobre sesudos estudios que desvelan la realidad de las parejas en donde ella es la mayor. Hay hombres que valoran la sensualidad de las miradas maduras, el erotismo de tener opiniones formadas, la seguridad en la manera de hablar, el sex appeal de las que rebasan los 50 o lo atractiva que resulta la experiencia. Hay psicólogos que creen que el hombre que está con una mujer mayor es porque necesita volver a la calidez y acogimiento de la madre o que las mujeres que se enamoran de hombres jóvenes tienen baja autoestima y niegan claramente el paso del tiempo. Y, por supuesto, también he disfrutado consultando la lista de mujeres como Shakira, Jennifer López o Demi Moore que, a pesar de estar con hombres más jóvenes, son guapas y se conservan bastante bien. Cuando Emmanuel Macron se convirtió en presidente de la República Francesa casi se habló lo mismo de su proyecto político que de su mujer 20 años mayor. Y no hay foto del actor Hugh Jackman y su pareja en la que no se resalte la diferencia de edad que hay entre ambos. Mi abuela, que es una de las mujeres más maravillosas e inteligentes que he conocido y conoceré, ya me reconocía hace muchos años que le gustaba la libertad que le transmiten las mujeres que viven sus relaciones amorosas sin convencionalismos. A mí me gustan las personas que hacen las paces con su presente y se desmarcan del anhelo de aparentar ser eternamente jóvenes. O ser lo que no son.

Es reconfortante ver a una pareja de setentañeros mostrándose afectuosos en un restaurante o a una mujer de 60 a la que le importa poco lo que dirá el mundo cuando se agarra a la mano de su novio cincuentón. Es alentador porque pocas cosas nos mantienen más en contacto con la vida como la seducción, el amor, la pasión y la sensación de disfrutar de una libertad interior por encima de cualquier prejuicio social. Así que, ¿por qué renunciar? Y aquí viene al pelo una de las últimas frases de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez: «Lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites». Amor de verdad. Incluso en la madurez.

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