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Matías Vallés

El declive inexorable de las teleseries

El énfasis en la edad de oro de las teleseries oculta que lo mejor ya ha pasado. La incorporación de millones de espectadores a Netflix o HBO no debe lesionar el ojo crítico. Un repaso a los productos seminales sosegará la euforia en curso. El ala Oeste emitió su última temporada hace una década. De acuerdo, después vinieron la danesa Borgen y la hoy maldita House of cards, que encima regurgita una legendaria creación británica. Sin embargo, solo sirven como epígonos y nunca como parangones de Aaron Sorkin.

Ejemplo número dos. La danesa The killing, inseparable de la sangrienta El puente, no solo apadrinó el nordic noir. También inauguró una nueva atmósfera del cine policiaco, una capa de amargura mortecina que se ha enseñoreado de las películas en todo el mundo. Ahora bien, cuando contemplamos a la protagonista Sofie Grabol intentando una reedición en Fortitude, no podemos evitar las punzadas de la decepción. Ni siquiera el concurso siempre estimulante de Michael Gambon y Stanley Tucci afianza la credibilidad del precedente.

Ejemplo número tres. Los elitistas le insistirán en que The wire supera a los dos hitos enumerados hasta ahora. De acuerdo, pero solo para quienes c0nsideren que Baltimore posee el mínimo interés, y que la morosidad es sexy. Con todo, aceptemos el valor canónico de las cinco temporadas, su condición de creadora de una estirpe. True detective recorre la interminable carretera asfaltada por David Simon, pero las peroratas de Woody Harrelson y Matthew McConaughey merecen el premio a la teleserie más sobrevalorada de todos los tiempos. Por no hablar de la segunda entrega, de la que omitiremos cualquier traza por piedad.

Admitamos que sin True detective no hay Goyas para La isla mínima, pero esta secuela ni cuela ni consuela. El árbol genealógico del verdadero detective se ramifica hacia Fargo. Excelente la primera temporada, aunque sin orla mítica. Tolerable Fargo 2, aunque debamos sufrir el acartonamiento de Kirsten Dunst. En fin, de Fargo 3 solo precisaré que no sé cómo acabarla sin necesidad de verla. Y eso que cuenta con la irrupción más rabiosamente desconcertante de la pantalla contemporánea. Mary Elizabeth Winstead no solo ha destrozado el matrimonio de Ewan McGregor.

Las tres series citadas no eran los albores, sino los esplendores. Nos mantendremos fieles a las sesiones de atracón o binge viewing, pero ya solo por el placer culpable de The good wife o para descubrir la joya de Apple Tree Yard.

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