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Matías Vallés

Ciudadanos apadrina al huérfano Valls

El Elíseo solicitará a Rivera que culmine el favor fichando a Sarkozy para Madrid, en tanto que Italia reclamará al partido naranja que le brinde una oportunidad a Berlusconi en Marbella, en la tradición de Gil y Gil.

Ciudadanos ha sido un partido caritativo con Mariano Rajoy, y ahora extiende su misericordia a los asuntos exteriores. Ha apadrinado al huérfano Manuel Valls, probablemente el político más desprestigiado de Francia en estos momentos. El saltimbanqui migró de presidente del Gobierno socialista a candidato del PSF, derrotado en primarias por un desconocido Benoît Hamon que quedó en sexta posición en la primera vuelta electoral.

Ni corto ni perezoso, Valls se mudó con igual soltura del socialismo a las faldas de Emmanuel Macron, implorando un hueco en las listas del nuevo emperador francés. Rechazado con desdén, ahora mendiga la candidatura a Barcelona por Ciudadanos. El catalanofrancés no descuida las espaldas, por algo se ha separado de su esposa para entablar relaciones sentimentales con una parlamentaria del macronismo.

Es innecesario añadir qué decisión habría tomado el calculador Valls ante una hipotética victoria de François Fillon. O de Marine Le Pen. Se ha convertido en un figurón encombrant o engorroso en Francia, el sillón desvencijado que nadie se atreve a subir al desván. Si se lo quitan de encima, el suspiro de alivio generalizado atravesará los Pirineos. Encarna al político que ha logrado defraudar simultáneamente a sus partidarios y a sus adversarios.

Las encuestas falaces no garantizan La Moncloa a Albert Rivera, pero su absorción de Valls le asegura la Legión de Honor. El Elíseo solicitará al presidente de Ciudadanos que culmine el favor fichando a Nicolas Sarkozy para Madrid, en tanto que Italia reclamará al partido naranja que le brinde una oportunidad al incombustible Silvio Berlusconi en Marbella. Ningún líder europeo puede prolongar con mayor fidelidad la estela de Jesús Gil y Gil.

El líder de Ciudadanos está dispuesto a cualquier funambulismo para emparentarse con Macron, un nombre que pronuncia incluso cuando solicita una pizza y del que solo le separan unos cinco mil libros. Por lo que se ve, nadie ha informado a Rivera de que además de despreciar a Valls personalmente, el presidente francés también aspira a enmendar la concepción de Francia del temperamental fichaje del partido naranja.

La aversión de Macron a Valls goza de reciprocidad. El presidente del Gobierno francés caído solo se aproxima a En Marche por oportunismo. Odia cada día de su vida al ministro de Hacienda que tuvo a sus órdenes y que, después de inventar un movimiento artificial, le birló el palacio para el que se creía predestinado. Explorando la hipótesis de que Valls coronara la alcaldía de Barcelona, la emplearía como un trampolín intermedio hacia otro enclave palaciego. No se trata de La Moncloa, sino de La Zarzuela.

Endiosado por los sondeos, Rivera flaquea cada vez que surge su oportunidad. En 2015 fue el primer candidato de un partido con aspiraciones que entrega sus diputados al vecino... ¡diez días antes de las elecciones! Siempre ha cumplido el compromiso de servir de muleta legítima a un PP que corrompe todo lo que pisa, de Madrid a Azerbaiyán. En cambio, Valls es un político carnívoro, con un hambre que no distingue entre amigos y rivales.

En el momento de mayor hostilidad entre Madrid y la periferia, dos barceloneses protagonizan las migajas de la política española que no militan bajo el epígrafe de la corrupción. Rivera coquetea con Valls para hacerse acreedor a la expresión que el inquieto e inquietante Alain Minc acuñó para Macron, «un populista de centro». En efecto, es un calificativo por el que también habría matado el antiguo primer ministro francés.

Valls ha capitaneado tantos principios contrapuestos, que Ciudadanos solo aportará un peldaño pasajero a su ruleta ideológica. Será interesante observar si mantiene su postura radical contra el islamismo, disfrazada de fervor laico y que le llevó a impulsar la prohibición expresa del salafismo, tras el último atentado islamista en Francia. O si una vez aclimatado a los usos transpirenaicos, se limitará a calzarse la mantilla mientras entona «somos novios de la muerte». Por cierto, un himno comparable en contenido sanguinario a La Marsellesa.

Los sospechosos oriundos que desnaturalizaron la Liga retornan por la vía del postbipartidismo. La cantera francesa de posibles incorporaciones rebulle inagotable. La gaditana Anne Hidalgo, compañera de Valls en pasiones laicas, podría convertirse en la primera persona que preside dos capitales europeas. El desaparecido Pedro Sánchez debería reclamar a la alcaldesa parisina para encabezar la lista municipal a Madrid, tras la negativa de Manuela Carmena a convertirse en socia de Rajoy a través del PSOE.

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