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Julio Monreal

El Botànic echa flores y espinas

La reversión del hospital de Alzira, el comienzo de emisiones en Ápunt y la creación de la renta de inclusión, objetivos importantes del Govern de Ximo Puig, coinciden con el momento de mayor tensión entre los socios ante la proximidad de las elecciones. El Botànic florece pero con algunas espinas.

La primavera llena las plantas de flores y debe ser por eso que algunos frutos asoman ya por las ramas del Botànic después de tres años de difícil cultivo. Abril ha visto la reversión de la gestión privada del área de Salud de la Ribera y el hospital de Alzira; el mismo mes acaba con la puesta en marcha de la renta de inclusión para las personas a las que la crisis ha dejado en situación de mayor vulnerabilidad; y también el tiempo de las aguas mil deja las primeras emisiones en pruebas de la televisión pública autonómica que los firmantes del Pacte se comprometieron a reabrir durante la última campaña electoral.

Y pese a haber alcanzado tres de los objetivos prioritarios que PSPV-PSOE y Compromís se plantearon, con el apoyo de Podemos, para la presente legislatura, y pese al momento de extrema debilidad que atraviesa el rival tradicional, los populares de Mariano Rajoy e Isabel Bonig con su periplo constante por banquillos y dimisiones, esta primavera es el momento de mayor tensión entre los socios del Govern. De un tiempo a esta parte no hacen más que darse patadas, cuando no puñaladas, para regocijo de cronistas y opositores.

Las alegrías de ver cumplidos algunos de sus principales proyectos han venido acompañadas para el presidente de la Generalitat, Ximo Puig, por una crisis de su partido en Alicante que le ha llevado a la pérdida de la alcaldía que ostentaba Gabriel Echávarri y que no ha podido retener en la persona de Eva Montesinos, pasando al popular Luis Barcala.

Por si la derrota era poco, los del puño y la rosa se han enzarzado en una guerra interna en la segunda capital valenciana que libran el eterno cacique local Ángel Franco (cuyo lema es cuanto peor mejor) y el vicesecretario Manuel Mata asistido por el joven secretario de Organización José Muñoz, una pugna que puede desembocar en la disolución de la agrupación socialista de Alicante, con imprevisibles consecuencias de cara a las elecciones municipales y autonómicas de 2019. Todos los actores del partido de Ximo Puig son conscientes de que la ventaja que en estos momentos tiene el PSPV-PSOE sobre Compromís está en el sur, donde la coalición nacionalista tiene una implantación limitada. Si la pugna debilita al ahora hegemónico en la izquierda, la balanza se puede inclinar al otro lado.

No ha sido tampoco plato de gusto en esta primavera para los socialistas el vertido sobre su imagen de varias toneladas de chapapote relacionado con la financiación de su campaña de 2007, de procedencia anónima y con la anuencia (activa o pasiva, aún no se sabe) de la jueza del accidente del metro de València. Del asunto trata de salir beneficiado el PP apoyándose en el aserto de que las prácticas gurtelianas no son patrimonio exclusivo suyo, sino que también están presentes en el pasado de los socialistas y del Bloc-Compromís, el otro supuesto implicado en costumbres irregulares que ni eran delito entonces ni están ya al alcance de la justicia por haber prescrito. Parece que algo hay, pero no hasta la putrefacción de Gürtel. El Bloc no encuentra unas facturas que podrían comprometerle. El PSPV-PSOE admite dos donaciones irregulares en Benidorm. Pero son tiempos de postverdad y la verdad no vende. Todo vale en el circo. Hasta la gaviota ha confiado su campaña a quienes el año que viene por estas fechas estarán pidiendo el voto para Ciudadanos en sus editoriales, como lo hicieron antes para UPyD.

En el río revuelto muchos quieren pescar. Los rivales de Puig salen de caza y no encuentran piezas. Joan Ignasi Pla y José María Cataluña ya no están. Fijan la mira en José Manuel Orengo, exalcalde de Gandia y asesor el presidente. Los jóvenes líderes del Bloc también quieren sangre: liquidar lo que quede de la estructura del fundador Pere Mayor. Enric Morera está en peligro y su asesor en las Corts, Lluis Miquel Campos, en su casa para una temporada.

Luego está Mónica Oltra, de pelea con los suyos, los socios y los rivales. Al salir a la luz la supuesta financiación irregular de los partidos de izquierda se puso de perfil, se sumó a la exigencia de responsabilidades y trató de aprovechar la circunstancia para ganar peso y vencer las resistencias internas (especialmente en el Bloc) que hay en Compromís para una alianza con Podemos que ella defiende a fin de sacar un voto más que Puig y convertirse en presidenta. Hubo dentro y fuera de su formación quien le apuntó que no se pusiera tantos moños, que en la lista autonómica de 2007, la candidatura supuestamente dopada con donaciones y pagos electorales irregulares, ella iba en tercer lugar y además era la representante legal de la formación ante la Junta Electoral.

Pero Oltra no se arredra y pelea sin cesar. Un día le chilla al conseller de Hacienda, Vicent Soler, porque éste no accede a aprobar un aumento de sueldo significativo al personal del Instituto Valenciano de Acción Social (IVASS). No quiere el conseller socialista que el Gobierno de Rajoy utilice la más mínima desviación presupuestaria para recortar el FLA y dejar a la Generalitat sin efectivo para pagar nóminas y facturas. Pero ella, la vicepresidenta, quiere cambiar las cosas, se rebela y quiere que sus compromisos salgan adelante. Está muy quemada con la complicada gestión de la dependencia, en la que nunca se hace lo suficiente, y con el fracaso en la solución al caos de los centros de menores. Busca soluciones, éxitos. Los necesita.

Por eso se pelea también con otra vice, la número dos del Ayuntamiento de València, Sandra Gómez, cuando ésta abre las sedes del PSPV-PSOE en la capital para asesorar, que no tramitar, sobre las solicitudes de renta de inclusión, proyecto estrella de Oltra. Y llama ultras en público a los socialistas por abrir sus locales para informar a los miles de interesados en la ayuda social. Y se fotografía con funcionarios de los centros sociales rodeada de concejalas de Compromís, perdiendo la razón que pudiera haberle asistido con el mismo ejercicio de patrimonialización del que acusa a Gómez.

Zancadillas, puntapiés, estirones de pelo que dejan entrever la inminencia de una campaña electoral que está en sus inicios y que va a ser la más dura de la historia autonómica, porque no se pelea con el de enfrente, sino también con el socio, el compañero necesario.

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