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El humor de la física cuántica

Durante varias décadas del siglo XX la física cuántica anduvo "bromeando" con las leyes físicas del mundo convencional, hasta que Richard Feynman descubrió en qué consistía esa broma pesada: ¿cómo que las leyes físicas clásicas, ¡científicas!, están equivocadas, porque no encajan con las leyes cuánticas, que son de rango superior? ¿Solo quizá alguien que una a sus conocimientos físicos un exquisito sentido del humor puede determinar ciertos conocimientos sobre la naturaleza? Seriamente, esto no podemos defenderlo, pues las geniales cavilaciones nada representan en los descubrimientos científicos cuando no se da el contexto determinante externo que lo hace posible. Pero entonces, planteémoslo así: dado el contexto determinante ¿por qué son unos y no otros los científicos que dan con las claves precisas? El pensamiento puede estar alimentado de imitaciones, memorizaciones y, en definitiva, de actos de fe dogmática. Pero puede nutrirse también de lo que tiene el arte (una construcción en equilibrio muy inestable mientras nace), de lo que tiene la poesía (el punto de fuga por el que el lenguaje dice más de lo que expresa la lengua) y de lo que tiene el espíritu investigador que sabe y no sabe lo que busca, porque lo sabrá cuando lo encuentre, por "insight" o visión mental (¡Eureka!, ¡Aquí está, lo encontré!). ¿Pudiera ser, también, que el sentido del humor fuera una forma muy elemental y general de penetrar en el momento de la creatividad? Henri Bergson se tomó esto en serio y le dedicó una profunda reflexión en La risa ("Le rire", 1899), y en ella descubre la rebeldía del espíritu frente a la lógica mecanizada de lo plano y uniforme. Arthur Koestler (1905-1983), político y filósofo que participó en nuestra guerra civil, también se ocupó seriamente del humor, y concluyó que se trata del cruce de dos códigos asociativos mutuamente excluyentes pero cada uno consecuente consigo mismo, como cuando un adolescente se echa a reír al advertir el sentido sexual oculto en una expresión inocente, si quien lo cuenta sabe reunir con destreza ambos planos, para que brote la chispa. El bromista, llega a decir Koestler, hace lo mismo que el científico y el artista.

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