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José Luis Villacañas

Dulce don del olvido

Como fenomenología de la clase política hispana, la moción de censura no tiene precio. Los discursos, los rostros, los gestos, las ausencias, los refugios, las enhorabuenas, los abrazos, las despedidas, las venganzas; con esos rituales hemos descifrado un estilo psíquico que no sabe evitar la tensión. Incluso el humor de Rajoy hería. Hasta el rey Felipe VI estaba como un palo en el juramento del nuevo primer ministro. El cambio de rumbo más espectacular de la democracia española se consumaba sin que nadie mostrara un músculo relajado. Sólo Iglesias parecía moverse cómodo en un escenario soñado. Sánchez solicitó formalmente a Rajoy que le dejara pasar este cáliz. Todos sabían que en cualquier momento la fatalidad podía irrumpir. Una palabra, un desprecio, una recurso retórico inconveniente y todo echaría a rodar. Una debilidad de Rajoy, una exceso de Rivera, un despiste de Sánchez podían significar la muerte política de uno de ellos. Ahora la batalla será larga. La tensión no va a disminuir.

Nadie sabe muy bien qué hacer, pero todos esperan que pase algo. De lo demás solo tenemos preguntas. No sabemos si la moción es el último acto a la vieja manera de las minorías vasca y catalana por controlar el curso del Estado o el primero en la búsqueda de nuevos consensos para recomponer el mapa político. No sabemos si es una intensificación más de los independentistas para sumir al Estado en un caos insoportable, o el primer gesto de un nuevo comienzo sin vencedores ni vencidos en el asunto catalán. No sabemos si hemos defenestrado a la vez a Puigdemont y a Rajoy, o si el Molt Honorable aprovechó la oportunidad para retirar el 155 con un gobierno central que no podrá reeditarlo sin morir. No sabemos si estamos ante el final del bipartidismo, o en la jugada maestra para rehabilitarlo. No sabemos nada. En realidad, sospechamos que nadie sabe nada.

Todo está abierto, y vamos asistir a una carrera contra el tiempo para equilibrar gestos con actos para tantear posiciones de futuro. Al menos tenemos una evidencia. Todos van contra C´s, pero no sabemos lo que esto quiere decir. Los portavoces oficiosos de Rivera, como Cayetana Álvarez de Toledo, andan irritados con su líder y presentimos que ya es para ellos un personaje provisional. Pero no sabemos si están pensando en un movimiento al estilo Liga Norte que haga de Arrimadas la estrella. Ahora no pueden cambiar de caballo, pero ya no confían en él. Todos los apoyos de C´s creen haber perdido una oportunidad de oro, y si algo ha dulcificado el final de Rajoy -aparte del wisky- ha sido comprobar que Rivera sigue la senda de errores del Iglesias de hace años. La rabia de Álvarez de Toledo, tan inapropiada, augura movimientos extremos a la derecha.

¿Sabemos algo más? Sí. Que el PP aprovechará los presupuestos para tensar las relaciones Podemos y PSOE. Sánchez ha tenido el coraje suficiente para reivindicar la autonomía de la política. Es Presidente contra todo y contra todos, y desde luego lo es sólo por razones políticas, no por apoyos sociales o mediáticos. Que esos apoyos políticos le hagan ganar unas elecciones será difícil. Ahora necesitamos saber si tendrá una inteligencia a la altura de su coraje. Si extiende la señal de que formará gobierno con los restos del viejo PSOE comenzarán las dudas. De ahí no se pueden extraer más que contradicciones y retórica gastada. Lo mejor sobre España que he leído estos días lo ha escrito John Carlin en La Vanguardia. Pide en su artículo que se olvide cierta estética moral de la clase política española. Aquella generación de socialistas, como se ha visto con Corcuera, Guerra y González, no se halla muy lejana de ese estilo.

No. Prefiero mil veces a Ábalos. No es un talento refinado, cierto. Su porte y su estilo es más bien elemental. Pero es un tipo franco y directo, correoso y duro. Si un partido carece de estos tipos está perdido. Prefiero ocho mil veces a Iceta, el único que puede dar pasos prudentes sobre el asunto de Cataluña. Y prefiero a Odón Elorza, porque está claro que los vascos se enteran cinco días antes que los demás de lo que está pasando. Con estos mimbres hay motivos para la esperanza. Yo regiría la elección por un principio: cuanto más lejos de la feria madrileña, mejor. La clave del éxito de la política vasca reside exactamente en que no se deja presionar por la prensa central. La política la hacen ellos y no paran de ganar. Si tuviera que darle un consejo a Sánchez sería este: traza círculos concéntricos con un compás desde Madrid. Cuanto más lejos de la capital esté el candidato, más puntos a su favor.

Ese es el siguiente paso del coraje y veremos si Sánchez lo da. ¿Sabemos algo más? No. Suponemos que Podemos será leal en esta situación. Ahora gobierna el PSOE y esto significa que él debe decidir. Lo que decida será apoyado, pero no sin decir a cada paso a la opinión pública que ese mismo problema se podría encarar por parte de Podemos de una forma alternativa. Competencia constructiva se llama a esta opción, y es la única responsable. Que nada se quede por hacer, pero que el público sepa que se podría hacer siempre un poco más. Ahora lo más urgente: la ley mordaza, parte de la reforma laboral, la cuestión de la violencia de género, pensiones e igualdad de salario entre hombres y mujeres. Y es preciso dejar claro que no hubo rebelión en Cataluña. Eso es incompatible con lo que realmente existió: desobediencia civil. Esa desobediencia pudo implicar malversación. Pero no rebelión. Y por tanto, no debería haber prisión preventiva para personas que no pueden reincidir en ese delito. Claro que son políticos presos. Pero, como dijo un día Errejón con clarividencia, están presos por motivos políticos y deben salir de la cárcel.

No será suficiente, desde luego. La moción de censura ha triunfado porque Torra nombró su gobierno. No sabemos lo que habrá costado este hecho en términos de tensiones entre ERC y Puigdemont. No sabemos si Torra será una rémora o si emprenderá convencido un nuevo camino. Lo que sabemos es que necesitamos una relajación retórica del unilateralismo. Es temprano para pedir otra cosa. Pero si esa retórica sigue en primer plano, no se puede dar un paso. Ahora hay una evidencia: el Estado no puede perder. Esté quien esté en Moncloa, como dijo Tardá en su vibrante discurso, tiene el Estado. El unilateralismo es un camino cerrado. Eso implica no hacer referencia al 1 de octubre como acto constituyente. Si eso no está encima de la mesa, el Estado podrá buscar otro camino. El relato de Tardá lo comparten muchos españoles hasta el 1 de octubre. Pero ningún español leal puede considerar que ahí se fundó la República de Cataluña. Sánchez no tiene margen si ese punto sigue en el centro retórico.

Sánchez tiene en su mano lo que ningún político español ha tenido nunca: preparar el camino de reformas constitucionales capaces de resolver el problema catalán, rehacer el TC, reformar el Senado, y hacer una oferta a Cataluña en la que se implique Europa, no tanto como mediador, sino como parte activa. Una oferta que sea votada como ejercicio del derecho de Cataluña a aclarar libremente por una vez en su historia la relación que quiere tener con España. Podemos tiene aquí su punto de cruz: decir con toda claridad que llevará esta reforma constitucional futura todo lo lejos que pueda por esa senda, pero sobre las bases de la Constitución del 78. Jugar claro, limpio, y con seriedad. Eso espera la sociedad española. Eso y un poco del dulce don del olvido.

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