29 de junio de 2018
29.06.2018

La traducción con prisma feminista: reescribir, recuperar, visibilizar

29.06.2018 | 04:15
La traducción con prisma feminista: reescribir, recuperar, visibilizar

«Lise Gauvin es una feminista, y yo también. Pero yo no soy ella. Ella escribió en genérico masculino. Mi práctica de traducción es una actividad política destinada a hacer que el lenguaje hable por las mujeres. Así que mi firma en una traducción significa: esta traducción ha utilizado todas las estrategias posibles de traducción feminista para hacer que lo femenino sea visible en la lengua. Porque hacer visible lo femenino en la lengua significa hacer ver y escuchar a las mujeres en el mundo real. Que es de lo que va el feminismo». Susanne de Lotbinière-Harwood (´Letters from an Other´, 1989)

Hoy ya nadie puede cuestionar el lazo que existe entre la mujer y la traducción. Las mujeres traducían en tiempos donde la escritura, considerada un acto original, creativo, productivo, era una actividad reservada para los hombres, de ahí que estos esculpieran el canon literario, la gran literatura. Las mujeres traducían porque la traducción era considerada un acto reproductivo, pasivo, secundario, impersonal e invisible. Pero ya entonces fueron muchas las que vislumbraron las posibilidades y poderes de la traducción, la función de la traducción como mediación cultural, adelantándose al rumbo que tomaría la traducción muchos años después.

Con el inicio de los estudios de traducción como tal ya a mediados del siglo XX, y aprovechando la revisión de conceptos clave como el de equivalencia y otras teorías que vinieron a cuestionar la autoridad del texto, un grupo de traductoras canadienses revolucionó para siempre el acto de traducir que ellas entendían como un acto de intervencionismo, una actividad abiertamente política. Estableciendo un pacto de sororidad feminista con las autoras que traducían, se permitían una serie de licencias con el fin de visibilizar a las mujeres y lo femenino en el texto traducido, que se materializó en múltiples creaciones gramaticales y léxicas, juegos y estrategias lingüísticas y uso de neologismos con el fin de denunciar la ausencia de las mujeres en la lengua y visibilizarlas al tiempo. En casos más radicales, la traducción feminista se convirtió en un auténtico secuestro de textos cuyo contenido falocéntrico había que subvertir. La fidelidad lingüística, concepto hasta entonces clave para la traducción, al servicio de la fidelidad ideológica. Pero traducir desde una perspectiva feminista no es solo transformar un texto de partida; también es reflexionar sobre quién se traduce, cómo, dónde y por quién, es teorizar, adaptar una serie de estrategias de traducción al servicio de las mujeres (autora/traductora), sacar a la luz estos textos de mujeres parcialmente censurados o, incluso, que nunca llegaron a publicarse, rescatarlos, proponer nuevas traducciones completas y que respeten las ideas de la autora original.

Por ejemplo, la novelista inglesa Radclyffe Hall (1880-1943), primera en tratar las relaciones entre mujeres, fue censurada parcial y totalmente en nuestro país porque los lectores (censores) franquistas la creyeron «repulsiva». Su obra ´La lámpra que no ardió´ (´The Unlit Lamp´, 1924) fue publicada en 1949 cuando el editor pudo aportar pruebas de que había eliminado las páginas que la censura franquista estimó intolerables. Peor suerte corrió ´El pozo de la soledad´ (´The Well of Loneliness´, 1928) cuya publicación fue prohibida en los años 50 y no vería la luz en España hasta bien entrada la democracia. Y así es como un número inalcanzable de libros siguen circulando mutilados, cercenados, resumidos a imagen y semejanza de unos cuantos que solo aceptaban a la mujer como ángel del hogar, sumisa, católica y complaciente.

Por último, la traducción feminista es conocer, reconocer y servirse de una serie de estrategias lingüísticas y no lingüísticas que puedan adaptarse a la naturaleza del texto que se traduce, ya no solo literatura, sino periodismo, abogacía, medicina, turismo, política o deporte. La traducción se convierte así en un medio para el uso y defensa de un lenguaje inclusivo que supere el binomio hombre/mujer, masculino/femenino y tenga en cuenta el género, como evitar el masculino genérico, optando por términos universales o el término «persona», ofrecer alternancias y no ahorrar en repeticiones. Que la lengua, y la traducción, pese a la RAE, hable, represente y visibilice a las mujeres y los colectivos LGTBI.

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