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Javier Cuervo

La química de los dosieres

El PP busca nueva presidencia como una limpieza general después de que la corrupción, elevada hasta los más altos tribunales y repetida hasta el hartazgo, derribara su gobierno. En la campaña de los candidatos, el término más horrísono es el de "guerra sucia", pronunciado por Pablo Casado y tácito en la renuncia de Alberto Núñez Feijóo a convertirse en el sucesor natural de Mariano Rajoy.

Guerra sucia es un pleonasmo que detectamos fácilmente porque no existe guerra limpia, por más que se haya querido regular una conducta bélica poniendo límites. La guerra deja el campo de batalla perdido, desordenado y ensangrentado, sea la selva, sea la ciudad; lo ingerimos en cada telediario. Lo más parecido a una guerra limpia es la de Gila, en la que el enemigo se pone al teléfono y detiene el combate una hora para que los oponentes arreglen la avería del cañón. Y nos da la risa.

En la política hay muchas maneras de ensuciar la guerra. La más temida es la de dosieres, una guerra química hecha con información confidencial. No deja de repetirse que si asistimos a esta campaña es porque Feijóo no quiso concurrir por miedo al gas sarín informativo.

O el ataque era mortal o Feijóo no es valiente porque donde él dio un paso atrás, Pablo Casado dio dos adelante a pesar de que la justicia investiga en estos momentos cómo acabó la carrera este chico guapo y audaz, con pensamiento de Aznar y sonrisa de Suárez. No hallan pruebas de que se haya examinado antes de aprobar.

Se habla de los riesgos de las largas trayectorias, de los cadáveres en los armarios políticos, pero el más veterano de todos, José Manuel García-Margallo, en la derecha desde los tiempos del Price ucedeo, vaga por la campaña sin miedo ni posibilidades.

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