02 de julio de 2018
02.07.2018

Hay que aprender a silbar

A pesar de que Rusia jugó al patadón, la eliminación de España se veía venir

02.07.2018 | 12:43

La selección de Irán eliminó a la selección española, y estará en cuartos de final del Mundial. La selección de Irán, o la de Rusia, o la que haya sido. Qué más da. ¿Qué diferencia hay entre el fútbol que propuso Irán en este Mundial y el que propone Rusia? Mmmmmmmm. Por decirlo rápidamente, ninguna. Irán podría estar ahora clasificada para cuartos de final y Rusia podría llevar varios días de vacaciones. No es así. Pero el fútbol de Rusia es al fútbol lo que Felipe VI es a los ideales de la revolución rusa, a Lenin y a la toma del palacio de invierno. ¿España jugó mal? Vale. ¿De Gea no paró lo que debería parar un portero de primer nivel? De acuerdo. ¿Los delanteros españoles no chutaron a puerta, y así es difícil ganar un partido de fútbol? Pues sí. Pero Rusia... ¿Qué hizo Rusia? ¿A qué jugó? ¿Qué pasa con esos balonazos absurdos con los que los futbolistas rusos intentaron alejar el balón de su área? ¿Qué diríamos de la selección de Rusia si España la hubiera eliminado en los penaltis? España no tuvo ocasiones de gol. ¿Cuántas tuvo Rusia? ¿Qué pensaríamos de la selección española si se hubiera clasificado para cuartos de final del Mundial jugando "a la rusa"? Todos defendiendo. Patadones. Jugárselo todo en los penaltis. ¿Queremos eso? ¿En serio? Es verdad que se venía venir, y los técnicos españoles deberían haber pensado en soluciones diferentes para desafíos conocidos. Como dice Morfeo en la película "Matrix", no existen preguntas sin respuestas, sino preguntas mal formuladas. La pregunta no era cómo ganar a Rusia, sino cómo ganar a Irán o cómo ganar a Marruecos. Rusia es Irán con la afición absolutamente a favor. Los patadones rusos no son diferentes de los patadones iraníes o marroquíes. La pregunta no es cómo ganar partidos jugando al fútbol, sino cómo no perder partidos (aunque sea en los penaltis) intentando jugar al fútbol. La pregunta no es cómo es posible que una selección como la rusa haya eliminado a la selección española del Mundial, sino cómo es posible que una selección como la iraní (o sea, Rusia) pueda presentarse en unos cuartos de final de un Mundial sin que tiemblen los cimientos del enorme negocio del fútbol. ¿Quién no recuerda a la estupenda selección de Camerún del Mundial de 1990, derrotada en un partido memorable por la selección de Inglaterra? ¿Algún futbolero ha olvidado el nombre (y el apellido) del gran Roger Milla? ¿Alguien se acordará el mes que viene de esta selección rusa? ¿Algún futbolero recordará el nombre de los futbolistas rusos que tiraron los penaltis? Que sí, que España está eliminada y la selección rusa sigue adelante en el Mundial. Pero, en los momentos difíciles, es conveniente hacerse las preguntas correctas. Y, con todo, la solución siempre es marcar un gol más que el contrario. Del mismo modo que la escritora chilena Isabel Allende lamenta que naufraguemos en lagunas educacionales cuando, por ejemplo, comprobamos que en la escuela no nos enseñaron a silbar para poder llamar la atención a un taxi en una tarde lluviosa, o que no sabemos desengrasar una olla, o salir de un ascensor atascado, cambiar un neumático o rellenar un formulario, los futboleros tendríamos que lamentar que la selección de la que, dicen, es la mejor Liga del mudo no sepa llamar al taxi del gol cuando llueve un equipo como el ruso que se niega a jugar al fútbol. ¿Por qué nuestros delanteros no saben desengrasar la olla de un partido trabado, feo, espeso y antifutbolero? ¿Cómo es posible que Iniesta, Isco y compañía no sepan salir de un ascensor atascado en el empate? ¿En qué cabeza cabe que un seleccionador no sepa cambiar un neumático en el momento oportuno? ¿Sabremos, al menos, rellenar un formulario para solicitar un cambio en la selección sin que parezca una traición a la patria? Ahora que estamos eliminados del Mundial de Rusia, podríamos emplear el tiempo futbolero en hacernos las preguntas correctas y, sobre todo, en aprender a silbar para llamar a un taxi en una tarde lluviosa. A no ser que nos guste mojarnos, claro.

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