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Jorge Dezcallar

Imperios que resucitan

¡Quién lo iba a decir! Justo cien años después de que la Gran Guerra de 1914-1918 se llevara por delante cuatro imperios, dos de ellos están renaciendo de sus cenizas: el ruso de la mano de Putin y el otomano de la de Erdogan. De los otros dos, Austria es hoy un pequeño país que no puede aspirar a nada y Alemania es mejor que no lo intente, que bastantes problemas nos ha dado en el pasado. El tercer imperio que renace es el persa y lo está haciendo de la improbable mano de los ayatolás.

Estos tres imperios, ruso, persa y otomano no pararon de guerrear durante siglos. Turcos y persas se desangraron hasta llegar a un modus vivendi en el siglo XVIII, y los rusos se enfrentaron a los turcos en once ocasiones y vencieron casi siempre. Hoy los tres han encontrado un terreno de cooperación en Siria, en el llamado Foro de Astana en el que se reúnen para hablar del futuro sin contar con los americanos. No sería tan grave si no fuera porque Turquía es aliado en la OTAN.

Turquía acaba de celebrar elecciones presidenciales y legislativas el pasado domingo. No tocaba hasta 2019, pero Erdogan las ha adelantado para pillar a la oposición a contrapié y para sacarse la espina del referéndum que el año pasado ganó por los pelos (51%), pero perdió en todas las grandes ciudades. Ese referéndum dotaba de poderes extraordinarios a la presidencia, suprimía el cargo de primer ministro y sometía al legislativo y al judicial. Con el triunfo de esta semana Erdogan, de 64 años, convalida su resultado y podría permanecer en el cargo hasta 2032 superando a Mustafá Kemal Ataturk, fundador de la Turquía moderna sobre los restos del Imperio Otomano.

Erdogan llegó al poder en 2002 al frente de su partido AKP como un líder pro-europeo, favorable a la democracia, a la libertad de comercio y moderadamente islamizante. Lleva por lo tanto dieciséis años gobernando. Quería hacer una especie de democracia cristiana a la musulmana. Pero eso fue en 2002: desde entonces ha emprendido una deriva autoritaria y claramente islamizante que ha polarizado a su país en dos mitades antagónicas que se caracterizan por idolatrarle u odiarle.

El intento de golpe de estado de 2016, del que acusa a Fetullah Gulen, exiliado en los EE UU y antiguo socio, se saldó con una purga terrible que ha llevado a la cárcel o a perder su empleo a 160.000 turcos entre los que hay generales, periodistas, jueces, maestros y funcionarios. La represión ha sido brutal y ha acentuado el poder omnímodo de Erdogan, unos poderes que ha utilizado a su favor en estas elecciones (propaganda en la televisión pública, etc.) donde no ha habido ni pucherazo ni igualdad de oportunidades.

La esperanza de la oposición era evitar que Erdogan obtuviera más del 50% en primera votación para unirse y derrotarle en la segunda vuelta. Pero no lo han conseguido porque la alianza del AKP con el Partido del Movimiento Nacionalista le ha dado el 53% de los votos y eso le garantiza un parlamento dócil que, junto con un Judicial también controlado, le aseguran un dominio total. Aún así, cinco partidos han logrado sobrepasar la barrera del 10% de los votos que se exige para entrar en el Parlamento, que es el más diverso políticamente de la historia. La democracia turca sale tocada pero ha mostrado su resistencia mientras Freedom House define por vez primera a Turquía como país "no libre".

El islamismo de Erdogan se reforzará ahora. No hace mucho una amiga turca me decía estar planteándose seriamente la posibilidad de emigrar porque no quería que sus hijas crecieran en ese ambiente que posterga a la mujer. Y también aumentará su nacionalismo aunque solo sea porque le obligará el partido coaligado y eso acentuará el abandono de la política exterior tradicional de paz interna y de evitar problemas con los vecinos. Erdogan los tiene ya en casa con los kurdos del PKK tras poner fin a la tregua de 2013, y los tiene también con los kurdos de Siria e Irak que quieren tener su Estado. Para Ankara eso sería un casus belli. A su tradicional ocupación del norte de la isla de Chipre, donde tiene 30.000 soldados, Turquía añade ahora presencia física en Siria y bases militares en construcción en Qatar, Sudan y Mogadiscio, enviando así el mensaje de que hay que contar con ella en las cuestiones regionales.

El triunfo de Erdogan puede también tener consecuencias en su relación cada día más fría con la OTAN porque los militares pronorteamericanos han sido apartados (o detenidos) tras el golpe frustrado de 2016 y sustituidos por otros nacionalistas e incluso prorrusos, que quieren comprar en Moscú el sistema antimisiles SS400, incompatible con los de uso en Occidente. Y puede también afectar a la relación de Turquía con la UE porque estas políticas la separan en lugar de acercarla a Europa y su colaboración nos importa mucho para controlar esos flujos de refugiados que los europeos nos estamos mostrando vergonzosamente incapaces de gestionar.

De modo que vamos hacia una Turquía más nacionalista, más islamizante y que se aleja de la UE y de los EE UU, mientras coquetea con Rusia y se afirma como potencia regional. Por su parte Racep Tayyip Erdogan engrosa la lista de líderes autoritarios e iliberales que se están poniendo de moda. No son buenas noticias.

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