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El nudo gordiano del Bréxit

Cuando mi profesor de matemáticas se liaba con las ecuaciones en la pizarra y se perdía por sus inextricables vericuetos soltaba un «esto es un lío» y a continuación dejaba la tiza en la tablilla y pasaba a la siguiente lección, entre el murmullo maledicente de los alumnos, claro. Algo parecido ocurre con los británicos y el asunto del Bréxit, con la diferencia de que, por mucho que Theresa May y millones de británicos, especialmente los más jóvenes, quisieran olvidarse del asunto, desgraciadamente no es posible cambiar de tema. Lo del Bréxit es un auténtico lío. La fecha marcada por la activación británica del artículo 50, marzo de 2019, se acerca de forma inexorable. Quedan menos de seis meses para que se cumpla el límite razonable para terminar una negociación, digamos, ordenada. Por mucho que se haya negociado un período transitorio de casi dos años, el peligro de acabar sin acuerdo parece muy real, aunque muy improbable a pesar de todo.

Y no es que una de las partes se ponga exquisita y la otra no quiera ceder, como en cualquier negociación dura. Lo que sucede es que una de las partes (la británica) no consigue establecer una posición única negociadora que presentar a la otra parte, que permanece firme, impertérrita y bastante estupefacta desde el inicio de las negociaciones. Las diferentes facciones enfrentadas del Partido Conservador británico, así como las diferentes facciones del Laborista (algo no menos relevante) no consiguen ponerse de acuerdo entre sí. Un enfrentamiento especialmente grave entre los partidarios de un Bréxit duro y los partidarios de un Bréxit blando. Los primeros son mayoritarios en el Gobierno y dominan el discurso dentro del Partido Conservador. Los segundos tienen mayoría entre los parlamentarios tories y cuentan con la inestimable ayuda de los diputados laboristas, en gran parte enfrentados a su líder, un izquierdista casposo y prochavista.

El nudo gordiano se tensa cada vez que la premier británica intenta deshacerlo por alguno de sus extremos. El asunto más enrevesado (completamente obviado por los políticos y el público británico durante la campaña del referéndum) es el de la frontera con Irlanda del Norte. Si Gran Bretaña se convierte en un país tercero, entonces la dividida isla de Irlanda, que había conseguido superar los penosos años de los 'problemas' sufridos en Irlanda del Norte, con más de 3000 muertos entre católicos y protestantes, volverá a visualizar su división fronteriza con las temibles consecuencias que eso puede acarrear.

La solución de Theresa May para desbloquear este envenenado asunto y avanzar en la negociación fue comprometerse con Bruselas a que Irlanda del Norte quedaría completamente alineada con la normativa europea para el mercado único en el caso de que no hubiera una acuerdo final. Pero esto a su vez supondría el establecimiento de una frontera marítima entre dos territorios británicos: Irlanda del Norte y el resto del Reino Unido, a lo que se niegan los británicos y sobre todo el partido de los protestantes norirlandeses que presta un apoyo imprescindible al Gobierno conservador.

Cada vez que Theresa May se mueve hacia un lado (por ejemplo, hacia un Bréxit duro o sin acuerdo alguno, que fue el primer rumbo que tomó), le llueven estacazos desde una minoría rebelde en su propio grupo que no duda en ponerse de acuerdo con toda o parte del grupo laborista para boicotear las pretensiones de May. Aunque la sangre no ha llegado aún al río, este grupo ha conseguido que el Parlamento tenga la posibilidad de ejercer un voto significativo acerca del resultado final del acuerdo de salida con Bruselas y emitir un mandato para una renegociación en caso de que no se llegue a ninguno.

A esas alturas del partido, teniendo en cuenta que nos acercamos a su conclusión, lo más probable es lo que parecía imposible oyendo a la Theresa May en los primeros discursos de posicionamiento: un Bréxit blando por el que el Reino Unido se mantendrá de alguna forma sincronizado con la Unión Europea, sus mercados y su unión aduanera, ejerciendo un cierto poder desde las sombras, pero aceptando a cambio todo el grueso de la normativa europea, los tribunales europeos y grandes facilidades, con mínimas excepciones simbólicas, hacia la libertad de movimiento de los ciudadanos europeos en territorio británico.

Lo curioso es hasta qué punto, en esta especie de ópera bufa, los comportamientos de los políticos responsables (o más bien irresponsables) parecen marcados por un destino inexorable, un fatum de origen divino que imposibilita cualquier intento de modificarlo por parte de los ilusos humanos, con unos actores que no parecen otra cosa que débiles marionetas zarandeadas por fuerzas incontrolables.

Una gran pena para un país con una historia tan grandiosa. «La increíble nación menguante», como llegó a calificar The Economist el futuro probable de un Reino Unido que entonces se enfrentaba a la incertidumbre de dos absurdos referendum: el de Escocia (ganado para la causa unionista una vez, pero condenado a repetirse en poco tiempo con un diferente final en el horizonte) y el de la permanencia en la Unión Europea, con el resultado de todos conocido. Una conclusión trágica para este gran país si nos atenemos a lo dicho esta semana por Nick Glecg, el antiguo ministro y líder de los demócrata-liberales: «No ha habido nunca en la historia una democracia que invite a votar a sus ciudadanos, decida por un estrecho margen ir en una dirección completamente contraria a donde se dirigía en los últimos cuarenta años, y establecer el curso de una historia futura en contra del deseo manifiesto y mayoritario de aquellos que habitarán ese futuro: los jóvenes».Amén.

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