03 de julio de 2018
03.07.2018

Queremos otra cosa

03.07.2018 | 04:15
Queremos otra cosa

¿Cuándo entenderán los nuevos políticos que la ciudadanía no les pide que hagan lo mismo que el PP pero al revés? Lo que exigimos es que hagan otra cosa. Al parecer, los hábitos bloquean la imaginación. Los hábitos y la incapacidad de tomar distancias de un día a día que resulta difícil organizar sin reactividad. Debería ser parte de la hegemonía: que nadie te haga la agenda. Al final se recurre a lo cómodo. Alguien llamó a la mímesis el principio de vagancia en la naturaleza. En la política española también rige el principio. Los partidos están organizados en su cima con una tropa de periodistas propios. Así, los políticos se creen conectados al mundo. En realidad, están conectados con ellos mismos. Por eso tienen que ponerlos al frente de la mediación con el público, porque es lo más parecido a estar ellos en todas partes.

Esta política es estéril y genera ese mundo paralelo en el que vemos instalados a los políticos españoles. Un ejemplo. Quim Torra cree que perjudica la imagen de España en el mundo con su discurso habitual en un lugar célebre, ignorando que ese discurso solo es de verdad atendido en España y por los fans del procés instalados en un puñado de universidades americanas. En el océano de la opinión pública de Estados Unidos, es un gota insignificante. Ese acto se convierte en un espejo más en el que reflejarse. Lo real siempre está en otra parte. Por ejemplo, en el último padrón de Barcelona. En él se muestra que la capital histórica de los catalanes cada día es menos catalana. Desde luego, tiene más población entre 65 a 84 años que desde recién nacidos a los 14. Ya tiene más vecinos nacidos en el extranjero que en el resto de España, y poco a poco estas dos cifras sumadas se van aproximando a los nacidos en Cataluña. Con estos números en la mano, en veinte años podría haber allí un Estado independiente, quizá, pero no estamos seguros de que fuera Cataluña. Sin embargo, el espejo mediático domina las agendas y las llena con sus reflejos como si se estuviera transformando la realidad.

Queríamos que el Gobierno de Mariano Rajoy se fuera porque estaba atado al pasado más tenebroso de la democracia española. Deseábamos un Gobierno que mirara al futuro y, en efecto, vemos con alegría que algunos ministerios lo hacen. Pero tan pegajoso como ese pasado del que Rajoy no podía desprenderse, es el presente organizado por los grupos mediáticos. Nadie que no aprenda a mirar más allá de ellos, podrá ofrecer a este país una propuesta real. En este sentido, ser antes dirigentes que gobernantes, que es una consigna adecuada, implica no quedar preso de una escuadra de periodistas afines, de voces reduplicadas, sino volcarse a la vida de la opinión pública con la libertad del que sabe lo que tiene que decir y presenta la firme resolución de convencer a los que no son todavía fieles.

Esto se ha echado de menos en el caso de la elección del director general de RTVE. Una vez más, como desde que tengo uso de razón y siguiendo prácticas franquistas que han venido atravesando la época democrática, se ha buscado la figura del director en el periodista partisano afín. Se supone que él luego buscará las cuadrillas de amigos capaces de ofrecer a cada hombre importante del Gobierno y de los partidos adversarios sus propios ventrílocuos. Eso permitiría seguir con el régimen de las tertulias, el mayor peligro de la democracia española. Cuando los teóricos de la democracia de principios de siglo identificaron las debilidades del parlamentarismo, vieron como una de ellas la irracionalidad de tener que hablar para las tertulias, tan específica de los sistemas políticos del sur de Europa. En ese régimen seguimos, casi como si fuera tan macizo como el espíritu de la raza. Y eso es lo que garantiza un periodista partisano al frente de RTVE. Mímesis, vagancia, bloqueo de la planificación, construcción de ese opresivo mundo paralelo, ese presente ficticio, esa actualidad que deja el futuro al albur de lo imprevisto.
El mismo miércoles en el que comenzó a emerger este completo desastre de la negociación del director de RTVE, se retransmitía desde la radio pública el encuentro de los líderes europeos sobre inmigración. Quizá por lo peculiar del momento, en el que la suerte de todos los tertulianos estaba en el aire, los tres oráculos habituales que acompañan a Alfredo Meléndez fueron sustituidos por tres expertos en inmigraciones. Cualquier escuchante pudo aprender de forma reflexiva acerca del problema y formarse una opinión de su gravedad. En realidad, ya todos los temas son así en el presente. Todos están encadenados a un futuro endiabladamente difícil. ¿Por qué no usar esa fórmula todos los días? A fin de cuentas, los tertulianos, cuando encaran un problema real, dicen que ellos no son especialistas y apenas tienen algo que decir. Sólo se apasionan cuando defienden las políticas afines. ¿Qué servicio público nos dan entonces? Ninguno. ¿Por qué se hace así, ininterrumpidamente, desde hace 50 años?

No excluyo que por vagancia. Es más fácil tener a quince comentaristas políticos en nómina, que investigar qué periodista tiene algo que decir por su estudio, experiencia o trayectoria. Eso requiere periodistas de investigación y configurar de otra manera la opinión pública y también la carrera de periodismo. Pero prescindir de esas voces generalistas que son meros ecos duplicados de los políticos requiere también partidos serios, complejos y viables, y no reducidos al caudillismo, congénito al esquema ancestral de la política española. Pues algunos líderes parece que se sienten cómodos con el hecho de que sean sus dobles comentaristas, y no un serio competidor, los que se asomen a los medios. Así sólo brilla el líder y nadie más.

No hablo de nadie en concreto. Pero soy consciente de que al nombrar a un periodista partisano afín para la radiotelevisión pública, estamos condenados a reproducir todo ese modelo, ab integro. Y eso por no hablar de la forma lamentable en que esa supuesta negociación se ha producido. Las personas con las que Pablo Iglesias contactara mostraron con sus tuits que, incapaces de mantener la discreción, no debieron merecer nunca su confianza. Además, las personas elegidas se desprendieron de parte de su pasado a toda velocidad, con lo que así confesaban que no eran idóneos para el cargo. Pero más allá de esto, nunca di crédito a que Pedro Sánchez dejara la decisión de este asunto en manos de Iglesias. Por el contrario, supuse que una vez más Iglesias había picado el anzuelo y cargaría con los gastos de todo. Aquí se olvidó la consigna. Antes dirigentes que gobernantes. El PNV, aliado de antiguo del PSOE, se lo recordará cada vez que sea necesario.
Todo sumado nos ofrece un símbolo complejo que testimonia la pobreza extrema de nuestro sistema de partidos, lo que nos impide tener una política de calidad. Lo hemos visto con las primarias del PP, que nos ha descubierto lo que suponíamos: que era un dispositivo de poder con una enorme red clientelar que se ha diluido como un azucarillo cuando no hay nada que repartir. Que la principal candidata sea quien tenía acceso al manejo del CNI ya lo dice todo. Pero lo hemos visto también con la forma en que se ha fulminado al presidente de la Diputación de Valencia, en el límite de la legalidad, al viejo estilo del asalto al hogar de buena mañana, sin que hayamos visto a ningún asesor legal junto al detenido en medio de los policías, imitando una vez más lo que viene haciendo el PP en esa fronda de fuego amigo en que se ha convertido y que lo ha llevado a la ruina. Así que acabo como empecé. ¿No se darán cuenta todos de que el milagro del gobierno Sánchez sólo se puede reproducir si se hacen las cosas de otra forma?

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